sábado, 14 de junio de 2014

Una caída impensada



Al final, jugamos siempre a repetir la historia como quienes fielmente guardan dinero desde agosto para jugarle a los niños de San Ildefonso. El problema es que al levantar la copa en Sudáfrica firmamos un contrato de preferentes a ciegas: esto podía pasar, lo sabíamos, lo habíamos visto en el Monumental de Ríver, en Da Luz, hasta en Costa Rica. Les habíamos visto hacerlo en amistosos, no correr, no presionar, no juntar las líneas, abrir la defensa como la puerta de un burdel… A nadie engañaban el cansancio, los viajes, tampoco la presión. Pero en 2012 lo volvieron a hacer, fluyó el fútbol de escuadra y cartabón en la final con Italia. Quedó atrás el empate en Gdansk, las dudas enormes frente a Croacia. Italia fue un pelele y el pelele hoy somos nosotros. 

En la Divina Comedia nadie caía del paraíso al infierno. Aquí, la semana pasada, el mes pasado, ayer antes de las nueve, quienes esperaban el golpe pensaban que la selección descendería muellemente al suelo, con luces y un coro de futbolistas excelsos. Pudo haber sido así de mediar la vaselina de Silva. A cambio, Holanda afiló su tripleta y practicó el uno-dos, uno-dos, izquierda-derecha hasta que bajamos los guantes. Fuimos Alí en la larga agonía de su carrera. En cada bar, en cada casa, bebimos juntos un trago de cerveza tras cada gol holandés, habiendo repetido cinco veces el mismo gesto incrédulo: “No puede ser”. Es. Ha sido. Fue.

Justamente criticados, injustamente vilipendiados, los jugadores son hoy el fondo negro del bufón de Velázquez. La silla de Quevedo. En la meseta triste sólo hay pábulo para el dolor de cada uno, para una vergüenza que habría hecho vestir de luto a la mojigata del pueblo. Me subsumo en la enésima visión de Ramos y Piqué, de Blind centrando sin piedad por su izquierda, de Casillas en un declive doloroso para todos, hasta para los que lanzan globos-sonda porque saben que por alto nunca brilló y ahora brilla menos que nunca. De Alonso y Hernández, Xabi, Xavi, siempre superados. De Iniesta perdiendo balones (varios, sólo ante el mundo). Del baile táctico de Van Gaal a Del Bosque. De las niñas “bien” que celebraron el segundo gol de Holanda pensando que había sido nuestro, niñas de veinte años que no sabían que al descanso se cambia de lado. Fue mejor reír que llorar.

En noventa minutos regresamos allí donde solíamos estar. Tenemos ciento ochenta para intentarlo de nuevo, al menos para que cuando se bajen del avión la herida ya no pierda sangre. Viena, Johannesburgo, Kiev, ellos saben lo que es jugar allí y aunque sean casi cadáveres andantes juegan al Fútbol. Con mayúsculas. De ellos sigue dependiendo que Brasil sea presente o pasado. Es. Ha sido. Fue. Faltan dos partidos, Chile y Australia. Díganle al ciego que es todavía pronto para que toque la mazurca. No sería justo: aún no han muerto.

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