jueves, 19 de junio de 2014

La llama de España se extinguió en Maracaná



“-Tu padre tiene razón-, me respondió. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor.”

Harper Lee, Matar a un ruiseñor.

Admiro a quienes, ayer, durante y después del partido saltaron por encima de la derrota para acabar en la loa, con el 0-2 de Chile recién pintado en nuestras caras incrédulas. Los admiro por dos motivos: primero, por que aquéllos que elogian la singladura de la selección en estos seis años, al tiempo que siempre han respetado a los rivales de España, son un ejemplo de que en este país hay gente que sabe ganar y perder. (Son escasísimos y, por ello, deberíamos cuidarlos y aprender de ellos. No vi a ninguno desgraciadamente en la retransmisión de Telecinco); segundo, por que yo soy incapaz de hacer algo así.

Han jugado dos partidos a cámara lenta, como en un remake malo hecho a años luz de la versión original, esta España de trazo cansado y piernas vagas llegó tan tarde a los contrabalones que el retardo de las radios parecía aún mayor. Con el cartel de “Se busca defensa”, Xabi Alonso en su versión más peripatética inició el festival del error en el 0-1 con un pase inocente, tan lento que a media España le dio tiempo a imaginarse lo peor antes de que Vargas empujara el balón a la red segundos más tarde.

Quizás fue mejor así, quizás fue mejor que el propio Alonso se encontrara con Claudio Bravo o que Busquets fallara solo en el segundo palo por acomodar tarde el pie izquierdo para asegurar el golpeo. Curioso que las dos ocasiones más claras de la selección llegaran a través de los mediocentros, que lucharon contra el centro del campo chileno, saturado de zapadores con ganas de hacer saltar por los aires el maná de estos seis años de hegemonía: la salida del balón, el toque incisivo, el toca-y-vete. Patadón de Javi Martínez aquí, Casillas sacando de puerta buscando la nada allá.

Pareció que todos apretaban tras el descanso, que aún quedaban rescoldos vivos del juego que tanto daño hiciera una y dos y tres veces. Pero Silva no era el mago del City e Iniesta se adentró en el Atacama chileno para perder el balón solo, sin apoyo alguno. Ni siquiera el brío de Coke pudo revertir el parte médico del equipo: muerto entre las flores del resto del mundo, que no olvidan el sexenio revolucionario que del Barcelona a España cambió el ritmo del juego; muerto entre lo irreconocible de los jugadores, transfigurada su mismidad a la de zombis de rostro afable; muerto entre los planos alicaídos del siempre alicaído Del Bosque. Aunque medio país hoy quiera matarlo por cobarde, por no haber trasfundido sangre nueva a tiempo al grupo, que su futuro no se decida en caliente. De nuevo hemos caído en la hoya, deportivamente muertos y sin haber honrado la estrella del pecho aunque perder así también sea deporte. Pocas veces el deporte es cruel; sencillamente es justo. También lo debe ser hoy la crítica con la selección, antes de analizar por qué el nuestro es un equipo que no pasó de tercera marcha ni ante Holanda ni frente a Chile. Ahora, que siga el Mundial, afortunadamente ya sin que los palmeros con micrófono y pluma sigan vendiendo humo. Ya tendrán tiempo dentro de dos años porque ellos, al contrario que el fútbol, jamás evolucionan.

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