domingo, 25 de mayo de 2014

El Madrid acabó con 5567 segundos de sueño Atlético



Conforme se acercaba el partido, miles de coches se iban aproximando a la Villa y Corte. De alguna manera, llegaron para taponar la hemorragia de madrileños en Lisboa. El tráfico en la A-6 semejaba el de un domingo a media tarde; el párking de la vieja facultad parecía lleno como un jueves. Ciudad Universitaria, Argüelles, Bilbao, ya en el Metro el predominio madridista era notable (incluso los colores tienen barrios). En un mundo feliz, el tiempo se habría parado entonces, con una ciudad en pleno orgasmo de euforia y sus dos caras, la del Real y la del Atlético, expectantes pero sonrientes.

Como cuando antaño los diarios deportivos sacaban al día siguiente el vídeo del partido, la película de los hechos, la final de la Champions League debería incluir un ‘Director’s cut’ con final alternativo, un primer apagón en el minuto 92:47 para los atléticos. Así como Michel Platini nunca pudo ver más allá de aquel 3-1 francés en la prórroga sevillana ante Alemania, así merecidamente el partido de hoy quedaría en suspenso antes de que Sergio Ramos imprimiese al balón el giro copernicano que llevó al Madrid a su sueño.

No fue un partido de brillo ni de zapatillas de ballet. El Atlético impuso su estilo y se zafó del peso de la historia con la enésima exhibición de trabajo duro e implacable sobre su rival, secando el juego de espaldas de Benzema, combinando por banda Filipe y Koke, Gabi, Raúl García y Juanfran, buscando cualquier atisbo de superioridad para apretarle las clavijas a la defensa blanca. Hasta que Godín, bendecido por su fe y la apatía de la defensa blanca para despejar un cabezazo manso, bombeado, al corazón del área, hizo justicia y retrató la primera de varias salidas en falso de un Casillas más nervioso de lo habitual.

Sin respuesta el Madrid, aún convaleciente del golpe, palpándose el mentón, aparecieron Di María y Bale para avisar tras sendos errores colchoneros: islas en un océano de dudas. Sólo un tiro de falta de Cristiano Ronaldo encontró, empero, las manos de un Courtois con una escolta de lujo: diez gladiadores. Incluso el paso residual de Diego Costa por el partido parecía quedar en anécdota, porque Adrián salió desde el banco para escoltar a su paisano Villa con una actuación soberbia. Al descanso, la superioridad rojiblanca era notable, jugaba un equipo frente a una pléyade de momentos inconexos y nada estelares.

No es la primera vez este año que adolece el Madrid de haber regalado el primer tiempo. Es Ancelotti quien dispone a sus huestes en el campo de batalla, quien yerra de inicio, y suya es siempre la virtud de saber reaccionar y reconstruir la balsa con parches que la mantienen a flote. Eso es lo que hizo tras el parón: fuera Coentrao y Khedira, dentro Marcelo e Isco. Modric se desplazaba al centro de la medular, puesto que a Khedira le fue grande en el primer tiempo, como le hubiera sucedido a Illarramendi ante la presión incesante del Atlético. Hasta que el croata no se hizo con el mando de la intendencia blanca, era como ver a un Aureliano Buendía perder balones cada vez. El partido se volteó, primero poco a poco, después descaradamente hacia la portería rojiblanca. Con el malagueño ayudando casi desde campo propio, el Real buscaba las bandas pero fallaba en el centro o en la toma de decisiones: afloraban las prisas y el sálvese quien pueda. La pelota ahora obligaba al Atlético a vivir en campo propio.

Con la entrada de Morata por un Benzema falto de chispa y difuminado, Ancelotti agotaba los cambios. La presión del canterano, su hambre y su solidaridad ayudando incluso en el centro del campo se encontraron con la respuesta de Simeone. Sosa al campo para tapar a Bale y Carvajal y robar una serie de balones que se antojaban trascendentales en la suerte de su equipo. Ninguna de las dos aficiones callaba ya y apenas quedaban uñas donde morder o pelo del que tirar. Con su cabezazo antológico, Sergio Ramos salpimentó un final que fue un punto y seguido. De nuevo, el Real Madrid regresaba del Aqueronte in extremis, haciendo justicia al acoso y derribo que durante media hora les había llevado hasta las puertas del fracaso. Puertas que comparten marco con las de la gloria. 

Ahora era el Atlético quien veía la copa alejarse. Sus reservas físicas expiraron con los problemas físicos de Filipe Luis y Juanfran, pese al esfuerzo titánico de Villa. Miranda y Godín mantenían el estandarte colchonero en pie. Si el uruguayo, cojo tras un pisotón involuntario de Isco, apenas había mutado su rictus de concentración, todo era posible, aunque la mayor entereza del Madrid hacía peligrar los penaltis. Se adentraban unos y otros en el tiempo del dolor, de la boca sin saliva y el gemelo pétreo; de los errores. Un mal control de Tiago y zafarrancho blanco: Morata para Di María y el rosarino dibujando un eslalon que es ya historia de la competición. Lo paró Courtois, pero su despeje-globo (fue también un globo lo que le llegó a Godín), cayó en la frente de Bale. Fijar la pelota, saltar, cabecear para un gol de escuadra y cartabón. La alegría cambiaba de plaza en cuestión de segundos: vi llorar a mis amigos y luego vi silencio en el metro. Hubo, sin duda, sábados más felices.

Pudo empatar Adrián con una volea que se fue alta, pero los hombres de Simeone eran una suerte de don Tancredo. Cercenadas sus fuerzas, Marcelo encontró vía libre para entrar al área y, ayudado por Di María en el arrastre, sentenciarlo todo: la final, la suerte, la historia. El gol de Ronaldo, penalti justo y celebración excesiva, daba paso al encontronazo entre Varane y Simeone, muerte tensa de un partido que ninguno de los dos equipos quiso perder. La trayectoria y el poso que el Atlético ha dejado esta temporada merecían un tributo como el que les dio su afición, como el que dieron sus jugadores y técnico alabando al Real Madrid. Ya tienen su décima y la remontada es otra muestra del A.D.N. del club. Ahora que han aprendido cuánto cuesta ganarla, es tiempo de que en todas las instancias se trabaje en pos de la estabilidad: los cimientos son buenos, pero hay aún mucho por construir. Ser regulares en la Liga ha de ser prioritario.

La profecía del año 66 se cumplió: Austria ganó Eurovisión, el Atlético la Liga, el Betis se fue a Segunda. La historia es cíclica, pero en el deporte hay que jugarla. Fueron 40 años de espera y 5.567 segundos soñando. Para medio Madrid, a estas horas no existe consuelo ni palabra amiga. Pasará el verano y el campeón de Liga estará ahí, otra vez, partido a partido, tenaz como los huevos del ‘Cholo’, hasta romper al fin la cadena de Schwarzenbeck y Ramos.

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