jueves, 1 de mayo de 2014

1994-2014: Primeros veinte años sin Ayrton Senna



“Racing, competing, is in my blood. It’s part of me, it’s part of my life, I’ve been doing it all my life. And it stands up before anything else”. Ayrton Senna, 1989.

La última vez que escribí de Ayrton Senna fue justo hace cuatro años. Por entonces, faltaba poco para que aquel documental que tanto llevábamos esperando se hiciera realidad. Undocumental magnífico en el que, ya desde la primera vez que lo vi, eché en falta la frase que abre el texto. La frase que, para mí, define el modus vivendi del piloto y también de la persona (Hay otra, más larga y profunda, que se asocia con aquella vueltamagistral del año 88 en Mónaco y que es perfecta para cualquier deportista que necesite motivación para buscar su propio límite). En la mirada vidriosa del brasileño brillaban ese fuego y esa determinación que, fugazmente, había perdido tras el incidente con Alain Prost en Suzuka y la desproporcionada sanción del cacique Jean-Marie Balestre. En el paraíso de Angra dos Reis, Senna sopesó la retirada pero volvió porque su mundo, su pasión, era más fuerte incluso que la política. Que todo. 


De pequeños, mi padre nos hablaba a mi hermano y a mí de Fangio; siempre alardeaba de que era el único que ganó el mundial con cuatro fabricantes diferentes. Con los años, yo entendí que el mayor mérito del ‘Chueco’ no fueron sólo sus cinco mundiales; aquéllo iba más allá: sobrevivió a la época más dura, más sangrienta del automovilismo. Ascari, Von Trips, Marimón,… , compitiendo en Fórmula 1 o en otras disciplinas –eran, justamente, otros tiempos-. Por eso Stirling Moss, que poquito a poco se nos va apagando, es una leyenda pese a no haber sido campeón del mundo. De entre todos los pilotos modernos, Fangio admiró a Senna y Senna admiró a Fangio. Maldito destino que el joven muriera un año antes que el maestro de maestros. Años después del aquelarre mortífero de Imola, mi madre nos contó que ella lo vio subir al podio de Estoril en el 84, vestido de Toleman en aquella carrera en que a Prost le supo a poco ganar y Niki Lauda se hacía eterno, ya todo un tricampeón. (Cómo debió de llover ese domingo en Mónaco, qué ascendencia tendría Prost en aquel tiempo para que detuviesen una carrera que hoy, 2014, difícilmente ni habría empezado). 

A estas alturas de la película (de la película colectiva de 20 años), hay tantos Ayrton Senna como personas lo vieron correr en directo, años más tarde o, simplemente, a través del recuerdo de quienes transmiten lo que para ellos significó un piloto destinado a hacer historia y que hoy es historia per se. Me atrevería a decir que su nombre está a la altura del de la propia Fórmula 1 por su pilotaje, su fogosidad desmedida, pero también por que detrás del coche había un ser humano que, a tenor de miles de entrevistas y testimonios de quienes convivieron con él, era de trato difícil. Pero excepcional, un elegido.

Guardo en un armario una gorra del Banco Nacional que compré hace años en una pequeña tienda en la Gran Vía. La tengo como un pequeño tesoro y sólo me la he puesto tres veces en mi vida: al salir de la tienda, en Montmeló 2007 y en Valencia 2008, mis dos únicas veces como espectador in situ de un gran premio. En un cajón conservo decenas de CD’s grabados con todo el amor del mundo, que contienen documentales, carreras en idiomas desconocidos, entrevistas, tributos anónimos: Racing is in my blood, Uma estrela chamada Ayrton Senna, The Right to win… Todo, todo lo que un adolescente ávido de saber y de ver podía capturar como un botín de guerra clandestinamente. Si la música de “Érase una vez el hombre” sonase ahora, contaría cómo en primero de carrera tuve que crear una página web en Geocities (cuando Geocities existía): obviamente, la hice de Senna. 

Llevaba viendo años la Fórmula 1 con la dupla infumable Jesús Fraile – Pedro Fermín Flores. En casa no teníamos Telecinco y Ángel Marco y Gonzalo Serrano pasaron de puntillas por nuestras vidas. Fue hace poco, relativamente poco, diez años, cuando me contagiaron del espíritu de Senna. Italia, Venecia: un chaval mayor llamado Raúl. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Aunque hoy tengo que echarle la culpa, en el buen sentido, al Whatsapp frío pero certero que ayer me envió mi buen amigo Morales: “20 años”. No tenía previsto escribir –de él ya se ha contado todo-, pero estos días he regresado a 1994, a los informativos de Globo, de la BBC, de TVE, de la RAI. Como espero regresar un día a esa Sâo Paulo de la que sólo conozco un Duty Free del aeropuerto para ir, tranquilo, a Morumbí. Sentado en el césped, leer la placa y pensar, como Gardel, que “veinte años no es nada”. Aunque apenas quede ya nada de la Fórmula 1 que un día encumbró al brasileño hacia el mito.

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