martes, 27 de mayo de 2014

Nairo Quintana da la vuelta al Giro



Siempre he creído que el deporte no es más que otra forma de afirmar el “yo” que hay en cada uno de nosotros. Esto es, que en el deporte mostramos lo que verdaderamente somos. Pero en el caso de Nairo Quintana aún no atisbo a descifrar cómo tras su voz tenue, casi de arrullo, y sus ademanes pausados puede existir tanta energía. Es atípico incluso porque el colombiano sabe bajar, arriesga (y los que vieron a Herrera, Parra, ‘Cacaíto’ Rodríguez e incluso al mismo Urán sabemos que colombiano y bajada en una misma frase siempre entrañan un “uy, uy, uy” inevitable).

La jugada del Movistar era de manual y se la saben de memoria (Induráin, Tourmalet 1991), pero el factor Quintana propició el vuelco espectacular en la clasificación. Y eso que en el primer tramo de la subida final a Val Martello a veces especuló en su esfuerzo, buscando involucrar a Ryder Hesjedal, convidado de piedra en la probable fiesta de escaladores del colombiano y de Pierre Rolland. Cazado Dario Cataldo –vencedor moral del día por su actuación sobresaliente-, Quintana no miró para atrás, ni siquiera cuando Rolland sufría y Hesjedal agarraba el manillar para no malgastar la mejor bala del Garmin para victoria de etapa-. En el barco del líder Mikel Landa y Michael Rogers echaban carbón en la nave pero nadie fue capaz de recortarle tiempo al hombre de piernas de trazo de pílot y motor de purasangre. Nairo que sube, Nairo que baja, arriesga y gana.

Era demasiado tentador ese descenso interminable del Stelvio para no moverse, a pesar de la nieve que a Cataldo, valiente escapado y primer corredor que pasó por la Cima Coppi, prestigio y premio económico incluido, a pesar de que la nieve le caía como balazos blancos transversales. Un auxiliar del Team Sky le dio un bidón en la cumbre y el sufrimiento al subir se trocó por la agonía de la bajada: el pelotón marchaba rápido con la tropa del Movistar azuzando el grupo y alguna ayuda esporádica del Saxo-Tinkoff. A 90 kilómetros de la meta, aguantaban 30 corredores y el rosario de desaparecidos se perdía entre la nubes bajas y los ‘tornanti’ amurallados de nieve. La épica, esa palabra que tanto gusta para definir momentos trascendentales del ciclismo, llamaba a todos a seguir; hoy todos son héroes por que llegaron a Val Martello, dentro o fuera de control. Pero algunos, unos pocos, fueron tocados por el hechizo de los días grandes.

Tras el descenso tumultuoso del Gavia y alguna escaramuza de Evans y Pozzovivo atajadas a tiempo, la nieve en los últimos y durísimos kilómetros de su hermano montañoso desataron la rumorología: descenso neutralizado, corredores a los coches, como en la Milán-San Remo del año pasado. Hubo parones bajo la pancarta del alto para ajustarse la ropa, abrocharse bien la cremallera y los “machos” y tentar a las herraduras de la bajada. También paró Quintana, pero al poco se había destacado del pelotón. Definitivamente, para dar un golpe de teatro al Giro.

Con él, Pierre Rolland, que está en todas las salsas, reencontrándose con lo mejor de su repertorio de escalador alto y fino. Dejando a Romain Sicard y a Gorka Izagirre que marcaran el ritmo hasta que el guipuzcoano se encontró solo pero pletórico para llevar a su líder hasta los últimos veinte kilómetros. Sin hacer ruido, aparecía también infiltrado Ryder Hesjedal, ahorrando pedaladas, pegado a Rolland como el sábado en Oropa. Dos minutos de diferencia con el grupo de Evans, Pozzovivo, Majka, Kelderman y de un Rigoberto Urán que quemaba a sus compañeros en el llano, tirando sin reducir la diferencia.

Ya en la subida final, al líder le crecieron los enanos. Agazapados, sus rivales aguantaron kilómetro a kilómetro hasta encontrar la distancia en la que exprimir al máximo las fuerzas ya exiguas: dos acelerones de Majka y respuesta de Urán, responden todos menos Cadel Evans con su marcheta de veterano. Kelderman ataca con el molinillo y se marcha, Pozzovivo casi le alcanza en meta, Aru y Majka también abren hueco, pero Urán dosifica ayudado por su compatriota Henao, uno, dos, tres, cuatro minutos con Nairo. Y en meta, extenuados, con la mirada difusa y la cabeza gacha, quizás todos hayan perdido el último tren para la maglia rosa. A Quintana, que ganó sin levantar los brazos, con el aliento de Hesjedal a segundos, le favorece lo que queda por venir. También la lucha que unos y otros, del segundo al séptimo, tendrán por el podio gracias a un movimiento de ajedrez del nuevo líder. Si vis pacem, para bellum: Italia ya conoce a Nairo Quintana.

domingo, 25 de mayo de 2014

El Madrid acabó con 5567 segundos de sueño Atlético



Conforme se acercaba el partido, miles de coches se iban aproximando a la Villa y Corte. De alguna manera, llegaron para taponar la hemorragia de madrileños en Lisboa. El tráfico en la A-6 semejaba el de un domingo a media tarde; el párking de la vieja facultad parecía lleno como un jueves. Ciudad Universitaria, Argüelles, Bilbao, ya en el Metro el predominio madridista era notable (incluso los colores tienen barrios). En un mundo feliz, el tiempo se habría parado entonces, con una ciudad en pleno orgasmo de euforia y sus dos caras, la del Real y la del Atlético, expectantes pero sonrientes.

Como cuando antaño los diarios deportivos sacaban al día siguiente el vídeo del partido, la película de los hechos, la final de la Champions League debería incluir un ‘Director’s cut’ con final alternativo, un primer apagón en el minuto 92:47 para los atléticos. Así como Michel Platini nunca pudo ver más allá de aquel 3-1 francés en la prórroga sevillana ante Alemania, así merecidamente el partido de hoy quedaría en suspenso antes de que Sergio Ramos imprimiese al balón el giro copernicano que llevó al Madrid a su sueño.

No fue un partido de brillo ni de zapatillas de ballet. El Atlético impuso su estilo y se zafó del peso de la historia con la enésima exhibición de trabajo duro e implacable sobre su rival, secando el juego de espaldas de Benzema, combinando por banda Filipe y Koke, Gabi, Raúl García y Juanfran, buscando cualquier atisbo de superioridad para apretarle las clavijas a la defensa blanca. Hasta que Godín, bendecido por su fe y la apatía de la defensa blanca para despejar un cabezazo manso, bombeado, al corazón del área, hizo justicia y retrató la primera de varias salidas en falso de un Casillas más nervioso de lo habitual.

Sin respuesta el Madrid, aún convaleciente del golpe, palpándose el mentón, aparecieron Di María y Bale para avisar tras sendos errores colchoneros: islas en un océano de dudas. Sólo un tiro de falta de Cristiano Ronaldo encontró, empero, las manos de un Courtois con una escolta de lujo: diez gladiadores. Incluso el paso residual de Diego Costa por el partido parecía quedar en anécdota, porque Adrián salió desde el banco para escoltar a su paisano Villa con una actuación soberbia. Al descanso, la superioridad rojiblanca era notable, jugaba un equipo frente a una pléyade de momentos inconexos y nada estelares.

No es la primera vez este año que adolece el Madrid de haber regalado el primer tiempo. Es Ancelotti quien dispone a sus huestes en el campo de batalla, quien yerra de inicio, y suya es siempre la virtud de saber reaccionar y reconstruir la balsa con parches que la mantienen a flote. Eso es lo que hizo tras el parón: fuera Coentrao y Khedira, dentro Marcelo e Isco. Modric se desplazaba al centro de la medular, puesto que a Khedira le fue grande en el primer tiempo, como le hubiera sucedido a Illarramendi ante la presión incesante del Atlético. Hasta que el croata no se hizo con el mando de la intendencia blanca, era como ver a un Aureliano Buendía perder balones cada vez. El partido se volteó, primero poco a poco, después descaradamente hacia la portería rojiblanca. Con el malagueño ayudando casi desde campo propio, el Real buscaba las bandas pero fallaba en el centro o en la toma de decisiones: afloraban las prisas y el sálvese quien pueda. La pelota ahora obligaba al Atlético a vivir en campo propio.

Con la entrada de Morata por un Benzema falto de chispa y difuminado, Ancelotti agotaba los cambios. La presión del canterano, su hambre y su solidaridad ayudando incluso en el centro del campo se encontraron con la respuesta de Simeone. Sosa al campo para tapar a Bale y Carvajal y robar una serie de balones que se antojaban trascendentales en la suerte de su equipo. Ninguna de las dos aficiones callaba ya y apenas quedaban uñas donde morder o pelo del que tirar. Con su cabezazo antológico, Sergio Ramos salpimentó un final que fue un punto y seguido. De nuevo, el Real Madrid regresaba del Aqueronte in extremis, haciendo justicia al acoso y derribo que durante media hora les había llevado hasta las puertas del fracaso. Puertas que comparten marco con las de la gloria. 

Ahora era el Atlético quien veía la copa alejarse. Sus reservas físicas expiraron con los problemas físicos de Filipe Luis y Juanfran, pese al esfuerzo titánico de Villa. Miranda y Godín mantenían el estandarte colchonero en pie. Si el uruguayo, cojo tras un pisotón involuntario de Isco, apenas había mutado su rictus de concentración, todo era posible, aunque la mayor entereza del Madrid hacía peligrar los penaltis. Se adentraban unos y otros en el tiempo del dolor, de la boca sin saliva y el gemelo pétreo; de los errores. Un mal control de Tiago y zafarrancho blanco: Morata para Di María y el rosarino dibujando un eslalon que es ya historia de la competición. Lo paró Courtois, pero su despeje-globo (fue también un globo lo que le llegó a Godín), cayó en la frente de Bale. Fijar la pelota, saltar, cabecear para un gol de escuadra y cartabón. La alegría cambiaba de plaza en cuestión de segundos: vi llorar a mis amigos y luego vi silencio en el metro. Hubo, sin duda, sábados más felices.

Pudo empatar Adrián con una volea que se fue alta, pero los hombres de Simeone eran una suerte de don Tancredo. Cercenadas sus fuerzas, Marcelo encontró vía libre para entrar al área y, ayudado por Di María en el arrastre, sentenciarlo todo: la final, la suerte, la historia. El gol de Ronaldo, penalti justo y celebración excesiva, daba paso al encontronazo entre Varane y Simeone, muerte tensa de un partido que ninguno de los dos equipos quiso perder. La trayectoria y el poso que el Atlético ha dejado esta temporada merecían un tributo como el que les dio su afición, como el que dieron sus jugadores y técnico alabando al Real Madrid. Ya tienen su décima y la remontada es otra muestra del A.D.N. del club. Ahora que han aprendido cuánto cuesta ganarla, es tiempo de que en todas las instancias se trabaje en pos de la estabilidad: los cimientos son buenos, pero hay aún mucho por construir. Ser regulares en la Liga ha de ser prioritario.

La profecía del año 66 se cumplió: Austria ganó Eurovisión, el Atlético la Liga, el Betis se fue a Segunda. La historia es cíclica, pero en el deporte hay que jugarla. Fueron 40 años de espera y 5.567 segundos soñando. Para medio Madrid, a estas horas no existe consuelo ni palabra amiga. Pasará el verano y el campeón de Liga estará ahí, otra vez, partido a partido, tenaz como los huevos del ‘Cholo’, hasta romper al fin la cadena de Schwarzenbeck y Ramos.

jueves, 1 de mayo de 2014

1994-2014: Primeros veinte años sin Ayrton Senna



“Racing, competing, is in my blood. It’s part of me, it’s part of my life, I’ve been doing it all my life. And it stands up before anything else”. Ayrton Senna, 1989.

La última vez que escribí de Ayrton Senna fue justo hace cuatro años. Por entonces, faltaba poco para que aquel documental que tanto llevábamos esperando se hiciera realidad. Undocumental magnífico en el que, ya desde la primera vez que lo vi, eché en falta la frase que abre el texto. La frase que, para mí, define el modus vivendi del piloto y también de la persona (Hay otra, más larga y profunda, que se asocia con aquella vueltamagistral del año 88 en Mónaco y que es perfecta para cualquier deportista que necesite motivación para buscar su propio límite). En la mirada vidriosa del brasileño brillaban ese fuego y esa determinación que, fugazmente, había perdido tras el incidente con Alain Prost en Suzuka y la desproporcionada sanción del cacique Jean-Marie Balestre. En el paraíso de Angra dos Reis, Senna sopesó la retirada pero volvió porque su mundo, su pasión, era más fuerte incluso que la política. Que todo. 


De pequeños, mi padre nos hablaba a mi hermano y a mí de Fangio; siempre alardeaba de que era el único que ganó el mundial con cuatro fabricantes diferentes. Con los años, yo entendí que el mayor mérito del ‘Chueco’ no fueron sólo sus cinco mundiales; aquéllo iba más allá: sobrevivió a la época más dura, más sangrienta del automovilismo. Ascari, Von Trips, Marimón,… , compitiendo en Fórmula 1 o en otras disciplinas –eran, justamente, otros tiempos-. Por eso Stirling Moss, que poquito a poco se nos va apagando, es una leyenda pese a no haber sido campeón del mundo. De entre todos los pilotos modernos, Fangio admiró a Senna y Senna admiró a Fangio. Maldito destino que el joven muriera un año antes que el maestro de maestros. Años después del aquelarre mortífero de Imola, mi madre nos contó que ella lo vio subir al podio de Estoril en el 84, vestido de Toleman en aquella carrera en que a Prost le supo a poco ganar y Niki Lauda se hacía eterno, ya todo un tricampeón. (Cómo debió de llover ese domingo en Mónaco, qué ascendencia tendría Prost en aquel tiempo para que detuviesen una carrera que hoy, 2014, difícilmente ni habría empezado). 

A estas alturas de la película (de la película colectiva de 20 años), hay tantos Ayrton Senna como personas lo vieron correr en directo, años más tarde o, simplemente, a través del recuerdo de quienes transmiten lo que para ellos significó un piloto destinado a hacer historia y que hoy es historia per se. Me atrevería a decir que su nombre está a la altura del de la propia Fórmula 1 por su pilotaje, su fogosidad desmedida, pero también por que detrás del coche había un ser humano que, a tenor de miles de entrevistas y testimonios de quienes convivieron con él, era de trato difícil. Pero excepcional, un elegido.

Guardo en un armario una gorra del Banco Nacional que compré hace años en una pequeña tienda en la Gran Vía. La tengo como un pequeño tesoro y sólo me la he puesto tres veces en mi vida: al salir de la tienda, en Montmeló 2007 y en Valencia 2008, mis dos únicas veces como espectador in situ de un gran premio. En un cajón conservo decenas de CD’s grabados con todo el amor del mundo, que contienen documentales, carreras en idiomas desconocidos, entrevistas, tributos anónimos: Racing is in my blood, Uma estrela chamada Ayrton Senna, The Right to win… Todo, todo lo que un adolescente ávido de saber y de ver podía capturar como un botín de guerra clandestinamente. Si la música de “Érase una vez el hombre” sonase ahora, contaría cómo en primero de carrera tuve que crear una página web en Geocities (cuando Geocities existía): obviamente, la hice de Senna. 

Llevaba viendo años la Fórmula 1 con la dupla infumable Jesús Fraile – Pedro Fermín Flores. En casa no teníamos Telecinco y Ángel Marco y Gonzalo Serrano pasaron de puntillas por nuestras vidas. Fue hace poco, relativamente poco, diez años, cuando me contagiaron del espíritu de Senna. Italia, Venecia: un chaval mayor llamado Raúl. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Aunque hoy tengo que echarle la culpa, en el buen sentido, al Whatsapp frío pero certero que ayer me envió mi buen amigo Morales: “20 años”. No tenía previsto escribir –de él ya se ha contado todo-, pero estos días he regresado a 1994, a los informativos de Globo, de la BBC, de TVE, de la RAI. Como espero regresar un día a esa Sâo Paulo de la que sólo conozco un Duty Free del aeropuerto para ir, tranquilo, a Morumbí. Sentado en el césped, leer la placa y pensar, como Gardel, que “veinte años no es nada”. Aunque apenas quede ya nada de la Fórmula 1 que un día encumbró al brasileño hacia el mito.