jueves, 24 de abril de 2014

48 horas de Champions en Madrid



Tengo amigos que antes de los partidos de ida ya estaban haciendo planes: “vamos a Lisboa, sin entrada, vemos el partido en cualquier lado y nos volvemos al día siguiente”. Pero nadie se pone de acuerdo: los del Atleti, porque quieren al Bayern. Los del Madrid, porque muchos quieren al Atleti –no vaya a ser que la “Décima” pase por encima del amado-odiado-que-ya-no-habla-español Mourinho, y otros quieren al Chelsea, todavía más si cabe después del martes. Dicho lo cual, aún es posible todo. He aquí lo que yo vi:

Martes: 

Si todos los campos de España animasen como el Calderón en los últimos tiempos… (En Getafe nunca ocurrirá). Comienza el pin-ball azul: Diego entre líneas, Koke desdibujado –aunque un córner suyo envenenado provoca la lesión de Cech. Entra Schwarzer y resuelve la papeleta-, Costa baja algún balón pero lo pierde en el pase. Recuperación azul: al vuelo para Torres, cuyo peligro sólo se palpa en el segundo tiempo, primero un tiro y luego una falta lamiendo el área y el pitido final. Aparece Juanfran, siempre bien tapado; Filipe apura hasta la línea de fondo sin éxito. Diego tira una, dos, tres, cuatro veces desde el balcón del área. Plano, suave, mordido, fuera. “Hoy no toca”, debe pensar. ¿Está Courtois en el otro área? Nadie encara, todo es proteger, proteger la pelota. Hasta que entra Arda y pega un par de chispazos. Pero pronto cae el turco en la trampa inglesa: el cazador, cazado. Terry se lesiona, Lampard y Gabi ven dos tarjetas estúpidas y verán la vuelta desde la grada. David Luiz, Ramires y Willian corren y corren y achican y achican. ¿Tres brasileños sin pelota? ¿De verdad son brasileños? 60.000 atléticos se han dejado la garganta para ver cómo su equipo centra mil veces sin éxito. Aplauden a Torres mientras barruntan cómo alcanzar el miércoles la red de un equipo que hoy ha sido parco en todo, menos en el esfuerzo. 

Miércoles: 

Las guerras modernas han perdido ese halo de macabro romanticismo de la antigüedad: tienen fecha y hora. Por eso, a las 19 horas Concha Espina bramó por sus guerreros. No es el Barça ni lo será jamás por que falta Messi, pero Guardiola estira el chicle de su Bayern por todo el campo del Madrid. Atrás-adelante, adelante-atrás, paciencia, paciencia, paciencia. Coentrao deja recibir a Robben y espera siempre a Isco o Di María, Carvajal y Modric secan a Ribéry. Xabi Alonso parece no estar, pero es el más presente, por el que todos corren para dosificarle. Si de algo ha adolecido este año el Real Madrid es de perder ese contragolpe letal. Esta noche no: Benzema duerme la pelota a 70 metros del arco de Neuer. Descarga para Alonso, Isco, raso para Cristiano Ronaldo (Benzema ya está en su puesto de punta). Excelso toque para la carrera de Coentrao, cabeza arriba y toque mortífero paralelo a la línea de gol. Ahí está el francés para acomodarla a la red, suave como no pudo hacerlo Ronaldo poco después. Atrás son débiles, pero hay que llegar hasta ellos. La frescura de Bale expuso el cansancio alemán en las postrimerías, pero el galés jugó para sí, obviando el esfuerzo de sus compañeros. Pepe, colosal, se marchó por Varane. Ramos dominó de cabeza pero pecó al jugar en largo con Carvajal, vendiendo al lateral derecho. Guardiola, entre tanto, también movía ficha: Goetze se encontró a Casillas tras el único error de la zaga blanca (no despejar un balón a la grada y dejarlo muerto junto a la línea de fondo). Muller mareó a los centrales, reclamó un penalti de Alonso y buscó sin fortuna la escuadra derecha de la portería local.

Atlético de Madrid, Real Madrid y Bayern de Múnich se lamentan: de no haber noqueado al rival cuando lo tuvieron arrinconado, de los goles que se perdieron en la grada (fantasmas de Dortmund, ¡alejáos!) y de la posesión que esta vez no se tradujo en espacio. Parece mentira, pero de los cuatro semifinalistas sólo uno sonríe de pleno. Mourinho nunca ha escondido que él piensa en los 180 minutos. Habrá que ver si en Stamford Bridge el Chelsea decide atacar o si, por el contrario, prefiere que el Atleti pierda por aburrimiento. Y si ven a alguno de mis amigos, díganles que Lisboa aún hay que ganársela.

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