domingo, 10 de agosto de 2014

Diego López se va: el dilema de la portería continúa



Es una opinión, mi opinión, y no un hecho; por ello, no se puede demostrar, aunque barrunto que un gran porcentaje de seguidores madridistas comparten el mismo parecer. Con la marcha de Diego López rumbo al Milan, Ancelotti ha tomado el camino más sencillo dando salida a un portero de perfil “bajo”, un jugador de esos que apenas vende camisetas y, por tanto, no ayuda a mantener engrasada la maquinaria del Real Madrid. Un portero que, además, cuenta con un respaldo escaso en los medios. Sabida su influencia en la toma de decisiones del club, la decisión de dejar a Iker Casillas en Madrid parece lógica. Pero, ¿es la mejor para el equipo?

Tomemos como ejemplo a su homólogo en la plantilla de baloncesto: Felipe Reyes. Un hombre con una habilidad innata para coger rebotes en los dos aros, pese a su 2,02 de estatura, y con los automatismos de quien ha visto jugar en casa a su hermano mayor, Alfonso. Casillas, al igual que el cordobés, no es excesivamente alto para ser portero –su 1,85 fue una de las razones que arguyó Mourinho para traer un portero de más envergadura. Diego López es, de hecho, 11 centímetros más alto-. Sin embargo, sus excepcionales reflejos le han servido para mantener la titularidad en un puesto que, especialmente en clubes de gran renombre, se convierte en una trituradora: se tiene menos trabajo, pero no se perdonan los fallos. 

Los caminos divergen de aquí en adelante. Y si la mejora de Reyes en el tiro a 4, 5 metros de canasta –atreviéndose incluso con triples de forma circunstancial- ha sido meritoria y muy notable, en Casillas, para mí (y esto es mi opinión, repito) dicha reconversión para mejorar otros factores de su juego ha sido inexistente en los últimos años, diría incluso que a lo largo de su carrera. Una capacidad de reacción al nivel de un atleta de los cien metros lisos, sí, pero la misma blandura en sus salidas por alto que hace cinco años y la misma endeblez en su juego de pies. Con cinco años más, ya sobre la treintena, cuando antaño los porteros alcanzaban su madurez, pero sin tanta chispa, al meta madridista los errores le torturan.
Una de las consecuencias del juego de toque y toque tan característico hoy, en el caso de Casillas, es que ha dejado entrever todas sus debilidades de manera implacable. El repertorio de patadas a seguir del portero mostoleño en cada partido, tanto de España como del Real Madrid, es incontable: pocos despejes van bien dirigidos, casi todos a tierra de nadie y, en otras palabras, su equipo automáticamente pierde la posesión (con su pierna derecha, las patadas llevan lógicamente peor dirección). Es decir, en un fútbol que prima la posesión para ganar, Casillas juega un papel contrario al que se requeriría de él. Pensemos en Neuer, ejemplo antagónico, y en la variedad de posiciones que ha ocupado con Alemania al ataque en este pasado Mundial: fuera del área, como un líbero, para recibir o para cortar cualquier pase al hueco; regateando rivales, casi recordando en riesgo a Higuita, para reiniciar el ataque. Es impensable ver a Casillas en un rol similar porque muy pocas veces se ha atrevido a llegar a la línea del área grande. La línea de gol es su castillo, y de ahí no ha salido desde que llegó al primer equipo.

¿Hace todo esto que Diego López sea hoy mejor? El guardameta lucense no es tampoco un meta brillante con sus pies, pero sus pases, aunque no tengan la precisión de los mejores porteros en ese aspecto, normalmente acaban en una lucha entre un jugador del Madrid y su marcador. Por otro lado, pese a ser un jugador corpulento, sus salidas por alto no siempre son acertadas, incluso a peca de conservador y, como Casillas, vive cerca de la línea de gol. Pero tras su paso por el Villarreal llegó hecho un portero más entero, con la evolución lógica de quien disfruta de minutos al máximo de tensión competitiva. Siendo mucho más sobrio que su hasta ahora compañero, la distancia entre ambos se redujo y, a su vuelta a la capital, el estatus de primer y segundo portero comenzó a difuminarse. Estos dos últimos años, especialmente, la forma de López ha sido superior a la de Casillas. 

A pesar de ello, los medios generalistas tomaron partido por el primer capitán blanco, primero en su cruzada contra José Mourinho, y luego en la propia para vender ejemplares y captar oyentes. Muy lógico: entre el chico bueno, campeón de todo con España y con su club, icono nacional, reclamo publicitario de conocidas marcas, y un portero que fuera su suplente, sin apenas tirón mediático, elijan ustedes con quién se aliarían para ganar más dinero. 

Habría que vivir en Valdebebas para saber cómo se ha lidiado con este cisma en la portería, que ha trascendido también al vestuario, según se ha podido leer en algunos medios estos últimos años. Si la decisión ha sido fruto de la autogestión del grupo o únicamente Ancelotti ha ejercido su rol como entrenador. Existen variables que van más allá del rendimiento, como el astronómico coste de la rescisión del contrato de Casillas o el impacto negativo que podría tener en la marca Real Madrid, que perdería a uno de los iconos contemporáneos más representativos del club. 

Si el Mundial fuera el termómetro para valorar a Keylor Navas e Iker Casillas, el primero saldría pletórico, enseñando en el mejor escaparate posible las cualidades que le han llevado a firmar por el club de la Castellana este verano; del español, en cambio, sólo recordaríamos el desastroso partido frente a Holanda. Casillas tiene un problema enorme de confianza, a pesar de las oportunidades que le ha dado Ancelotti esta pretemporada, y sus errores ahora van a ser mirados con mayor saña y lupas de mayor aumento. Su mal partido frente al Manchester United avivó las dudas sobre la cuestión de la portería merengue hasta que ayer el Madrid hizo oficial la salida de Diego López. Ahora, comienza un nuevo combate: el de un portero en mejor forma y más joven contra los pocos retazos de un magnífico portero de leyenda. La prensa ha tomado partido por Casillas y ahora será Casillas mismo quien decida hasta cuándo dura su apoyo. Los periodistas – palmero pueden fluctuar sus ánimos con respecto a sus filias y sus fobias en función de sus fallos. El público del Bernabéu tendrá paciencia o no, pero lo que está claro es que los problemas relacionados con la portería blanca van a continuar un año más por una gestión cómoda de Ancelotti.

jueves, 19 de junio de 2014

La llama de España se extinguió en Maracaná



“-Tu padre tiene razón-, me respondió. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor.”

Harper Lee, Matar a un ruiseñor.

Admiro a quienes, ayer, durante y después del partido saltaron por encima de la derrota para acabar en la loa, con el 0-2 de Chile recién pintado en nuestras caras incrédulas. Los admiro por dos motivos: primero, por que aquéllos que elogian la singladura de la selección en estos seis años, al tiempo que siempre han respetado a los rivales de España, son un ejemplo de que en este país hay gente que sabe ganar y perder. (Son escasísimos y, por ello, deberíamos cuidarlos y aprender de ellos. No vi a ninguno desgraciadamente en la retransmisión de Telecinco); segundo, por que yo soy incapaz de hacer algo así.

Han jugado dos partidos a cámara lenta, como en un remake malo hecho a años luz de la versión original, esta España de trazo cansado y piernas vagas llegó tan tarde a los contrabalones que el retardo de las radios parecía aún mayor. Con el cartel de “Se busca defensa”, Xabi Alonso en su versión más peripatética inició el festival del error en el 0-1 con un pase inocente, tan lento que a media España le dio tiempo a imaginarse lo peor antes de que Vargas empujara el balón a la red segundos más tarde.

Quizás fue mejor así, quizás fue mejor que el propio Alonso se encontrara con Claudio Bravo o que Busquets fallara solo en el segundo palo por acomodar tarde el pie izquierdo para asegurar el golpeo. Curioso que las dos ocasiones más claras de la selección llegaran a través de los mediocentros, que lucharon contra el centro del campo chileno, saturado de zapadores con ganas de hacer saltar por los aires el maná de estos seis años de hegemonía: la salida del balón, el toque incisivo, el toca-y-vete. Patadón de Javi Martínez aquí, Casillas sacando de puerta buscando la nada allá.

Pareció que todos apretaban tras el descanso, que aún quedaban rescoldos vivos del juego que tanto daño hiciera una y dos y tres veces. Pero Silva no era el mago del City e Iniesta se adentró en el Atacama chileno para perder el balón solo, sin apoyo alguno. Ni siquiera el brío de Coke pudo revertir el parte médico del equipo: muerto entre las flores del resto del mundo, que no olvidan el sexenio revolucionario que del Barcelona a España cambió el ritmo del juego; muerto entre lo irreconocible de los jugadores, transfigurada su mismidad a la de zombis de rostro afable; muerto entre los planos alicaídos del siempre alicaído Del Bosque. Aunque medio país hoy quiera matarlo por cobarde, por no haber trasfundido sangre nueva a tiempo al grupo, que su futuro no se decida en caliente. De nuevo hemos caído en la hoya, deportivamente muertos y sin haber honrado la estrella del pecho aunque perder así también sea deporte. Pocas veces el deporte es cruel; sencillamente es justo. También lo debe ser hoy la crítica con la selección, antes de analizar por qué el nuestro es un equipo que no pasó de tercera marcha ni ante Holanda ni frente a Chile. Ahora, que siga el Mundial, afortunadamente ya sin que los palmeros con micrófono y pluma sigan vendiendo humo. Ya tendrán tiempo dentro de dos años porque ellos, al contrario que el fútbol, jamás evolucionan.

martes, 17 de junio de 2014

El laboratorio del Dauphiné para Contador y Froome encumbró a Talansky


A estas alturas de la película, ya nadie se cree que Alberto Contador compita en una vuelta por etapas para no ganarla. Ahí están su palmarés y, sobre todo, su mentalidad en carrera. Aplicando este pensamiento mío (por tanto, subjetivo), el español ha ganado y ha perdido el Critérium du Dauphiné. El lobo pinteño aúlla y apenas denota ambición en la previa de la carrera; luego siempre saca su arsenal en cualquier terreno. Difícil creerle después de tantos años en este mundo siguiendo la misma rutina comunicacional, pero en cualquier caso fue segundo en el prólogo por detrás de Christopher Froome. Apenas 10 kilómetros, buscando en todo momento más de 100 pedaladas por minuto y mostrando, pese a lo breve de la distancia, su característico vaivén en el sillín mientras busca acoplar su cuerpo a la posición de contrarrelojista. ¿Se pierde tiempo en cada uno de esos movimientos? El británico, en cambio, con una cadencia por momentos superior a las 110 pedaladas, ladeando los hombros al llegar al esfuerzo máximo, le sacó 8 segundos en meta. Menos de uno por kilómetro. Sirvan como referencia en el cara a cara entre ambos otras comparativas de este año y de 2013.

·         Vuelta a España 2012 – Contador le saca 22” a Froome en 39,4 kilómetros: ganancia de 0,55 segundos al kilómetro en la crono de Pontevedra, de perfil escarpado.

·         Tirreno – Adriático 2013 – Froome le saca 15” a Contador en 9,2 kilómetros: pérdida de 1,63 segundos cada kilómetro.

·         Critérium du Dauphiné 2013 – Froome es 2’ 45” mejor que Contador en 32,5 kilómetros: pérdida de 5 segundos por kilómetro.

·         Tour de Francia 2013 – 1ª Contrarreloj: Froome es 2’ 03” mejor que Contador en 33 kilómetros: pérdida de 3,72 segundos por kilómetro.

·         Tour de Francia 2013 – 2ª Contrarreloj: Froome supera a Contador en 9” tras 32 kilómetros, con una pérdida de menos de 0,3” por kilómetro. Eso sí, la crono tenía un perfil rompepiernas, por lo tanto no era llana como el prólogo del Dauphiné.

En el horizonte, la penúltima etapa del próximo Tour de Francia, entre Bergerac y Périgueux, 54 kilómetros, con hasta cuatro repechos según indica la organización de la carrera en su web (la más larga que hace Contador desde la del Mundial de 2012). Por tanto, podría pensarse que las diferencias entre ambos estarán más cerca de la segunda crono del pasado Tour (he decidido no tener en cuenta la de la Vuelta a España 2012 por haber corrido Froome el Tour, con la consiguiente fatiga física). Aquel día, Contador fue el más rápido en los parciales intermedios, situados en los dos repechos de la etapa: 2” más rápido que Froome en el T1, 11” en el T2. En meta, sin embargo, perdió 9” con el corredor del Team Sky, 20” de pérdida total en 12 kilómetros (1,6” periodo cada kilómetro). A priori, los repechos igualan las cosas e incluso las decantan a favor del pinteño; los descensos y el llano favorecen siempre al británico.

Primero y segundo en el prólogo, mismo orden en el Col du Béal pero con igual tiempo. A poco más de 5 kilómetros para la meta, Froome inició la primera de sus diez aceleraciones (dos para atrapar a Wilco Kelderman, dos para neutralizar a Andrew Talansky, una para cazar a Van den Broeck y las otras cinco para distanciar él al resto: las dos primeras, al inicio de su ofensiva, destacando un ataque sostenido de 28 segundos levantado de su sillín, los otros tres en el último kilómetro, a ritmo, con cadencia, sentado, sostenidos para ganar la etapa). Diez aceleraciones en cinco kilómetros: Froome tiene más vidas que un gato. Contador no quiso o no pudo contraatacar y sólo llegó a insinuarle su rueda delantera a poco del final. Mejor de forma que en su último duelo en la Volta a Catalunya, el británico se impuso al español pero no consiguió distanciarle como en el pasado Tour.

Los dos han corrido aislados en una burbuja particular, como pareja mal avenida en luna de miel, mientras les crecían los enanos: Wilco Kelderman los consideraba “batibles”, Andrew Talansky y Jurgen Van den Broeck se unieron a la fiesta, mientras que flaqueó Vincenzo Nibali, de todos los favoritos al podio de los Campos Elíseos el que más corto de forma parece. ¿Jugándoselo todo a la última semana del Tour?  Entre todos ellos triunfó el americano del Garmin-Sharp, 25 años, que salvo por su debut en Mallorca este año sólo ha corrido vueltas por etapas, y siempre lo ha hecho a un buen nivel, aunque fue este domingo donde vimos todo su potencial, subiendo, bajando, tomando la responsabilidad de la escapada para frenar la sangría de tiempo con Contador. Más que merecida su victoria. Sorprendió, por su parte, Adam Yates, que ha cuajado una primavera sensacional para el Orica-GreenEDGE ganando el Tour de Turquía y acabando quinto en el Tour de California con sólo 21 años; en las piernas de este británico hay un escalador prometedor, 1.70 m y alrededor de 58 kilos, fogueado en el CC Etupes francés, equipo del que también han salido Thibaut Pinot o Warren Barguil. Por algo los australianos lo ficharon tras acabar segundo el Tour de l’avenir de 2013, únicamente superado por el murciano Rubén Fernández y siendo el mejor británico en la prueba desde Robert Millar en 1982. Palabras mayores.

El Team Sky arropó a Froome con el equipo de gala para ensayar en las últimas dos etapas el tren de corredores que debe guiar al vigente campeón en París por la montaña del hexágono: Vasil Kiryenka, Geraint Thomas, David López, Mikel Nieve, Richie Porte. Capaces de neutralizar un movimiento ofensivo de Contador en pleno descenso del Col de la Morte el jueves; de llevarle hasta de la mano hasta la bandera roja del último kilómetro el sábado, con Richie Porte lanzando a Froome para responder al ataque de Contador (ataque que, a la postre le dio el liderato y condenó la suerte de ambos en la general); y acompañado el domingo en todo momento por David López en la agonía camino de Courchevel, también tras ataque de su némesis española. En el Dauphiné o en el Tour, aislar al británico de sus compañeros será casi imposible, pero ya ha sucedido en el pasado. Por lo que respecta a este Dauphiné, la conclusión es clara: Contador respondió y aguantó los ataques de Froome, pero éste nunca salió en primera persona a los tres ataques del pinteño y en dos de ellos perdió tiempo, puede que por culpa de los dolores de su caída el viernes. En cualquier caso, el “don’t panic” que seguramente le transmitirían por la radio del equipo no funciona de momento con un Contador que ha mejorado notablemente sus prestaciones en montaña respecto a 2013.

Es, sin duda, la derrota más apabullante que ha sufrido Chris Froome en los últimos dos años. Fuera por primera vez del top 10 de una vuelta por etapas desde el Tour de Romandía 2012, carrera que corrió al servicio de Bradley Wiggins y en la que Richie Porte y Michael Rogers tuvieron más jerarquía en la escolta del que luego fuera campeón del Tour de ese año. Froome, sin tensión competitiva, acabó en el puesto 123, en grupetas que llegaban a una minutada de los mejores en la general. Los 4’ 56” perdidos con Talansky en la meta de Courchevel (3’ 50” con Contador) suponen prácticamente la misma pérdida que los 4’ 58” que se dejó con el pinteño camino de Fuente Dé en la Vuelta a España 2012, con la diferencia de que aquel día el británico llegó en solitario a la meta, sin compañeros.

Del equipo Saxo-Tinkoff sólo hemos visto fotogramas muy aislados: a Sergio Paulinho tirando fugazmente de Contador subiendo la Côte de Laffrey (luego serían neutralizados ambos) e infiltrado en la fuga del sábado. Desgraciadamente, la televisión no nos ofreció el movimiento decisivo de la carrera, es decir, la desintegración del equipo ruso en la última etapa, incapaz de parar una fuga a cien kilómetros de Courchevel en la que estaban Andrew Talansky, Jurgen Van den Broeck y el jovencísimo Adam Yates, tercero, quinto y décimo en la general, con el americano del Garmin-Sharp a menos de un minuto del español. Froome, con tres compañeros en la escapada, movilizó a Richie Porte y Geraint Thomas y situó al grupo a un minuto de los escapados. A 30 kilómetros de meta decidió atacar y se encontró con la respuesta de Contador, para luego ser los dos sorprendidos por un contraataque de Nibali y Kelderman en el llano. Cuarto y séptimo en la general también se fugaron; de nuevo, aumentó la distancia con Talansky hasta los dos minutos y medio.

Sin rastro de compañeros, Contador sorprendió al Sky con un ataque loco, suicida, que recortó un minuto en Côte de Montagny a la cabeza de carrera, con Hesjedal dejándose sus pocas fuerzas a favor de Talansky y Van den Broeck dando algún relevo de tanto en tanto, buscando el podio pero nunca el primer puesto: en ningún momento atacó al americano. Kelderman soltó a Nibali y exhibió una vez más el potencial que mostró en el pasado Giro de Italia mientras Contador cazaba y dejaba atrás al italiano. Bastante lejos de la forma del español, al corredor del Team Astana le bastó su astucia y la ayuda de Jakob Fuglsang para sacar un minuto a Contador y Froome y para él, como para el Garmin-Sharp, se abren las opciones tácticas en julio. Contador, al que le faltaron Kreuziger, Rogers o Roche, va bien de fuerzas y buscó escribir una página brillante de la historia del ciclismo que se quedó en un magnífico regusto a etapa de las de antes. Aunque, por el camino, evidenciara sus debilidades y las de Chris Froome a un mes de la batalla que esperan todos los aficionados. Una batalla con más alternativas que el simple duelo en la burbuja entre español y británico.

sábado, 14 de junio de 2014

Una caída impensada



Al final, jugamos siempre a repetir la historia como quienes fielmente guardan dinero desde agosto para jugarle a los niños de San Ildefonso. El problema es que al levantar la copa en Sudáfrica firmamos un contrato de preferentes a ciegas: esto podía pasar, lo sabíamos, lo habíamos visto en el Monumental de Ríver, en Da Luz, hasta en Costa Rica. Les habíamos visto hacerlo en amistosos, no correr, no presionar, no juntar las líneas, abrir la defensa como la puerta de un burdel… A nadie engañaban el cansancio, los viajes, tampoco la presión. Pero en 2012 lo volvieron a hacer, fluyó el fútbol de escuadra y cartabón en la final con Italia. Quedó atrás el empate en Gdansk, las dudas enormes frente a Croacia. Italia fue un pelele y el pelele hoy somos nosotros. 

En la Divina Comedia nadie caía del paraíso al infierno. Aquí, la semana pasada, el mes pasado, ayer antes de las nueve, quienes esperaban el golpe pensaban que la selección descendería muellemente al suelo, con luces y un coro de futbolistas excelsos. Pudo haber sido así de mediar la vaselina de Silva. A cambio, Holanda afiló su tripleta y practicó el uno-dos, uno-dos, izquierda-derecha hasta que bajamos los guantes. Fuimos Alí en la larga agonía de su carrera. En cada bar, en cada casa, bebimos juntos un trago de cerveza tras cada gol holandés, habiendo repetido cinco veces el mismo gesto incrédulo: “No puede ser”. Es. Ha sido. Fue.

Justamente criticados, injustamente vilipendiados, los jugadores son hoy el fondo negro del bufón de Velázquez. La silla de Quevedo. En la meseta triste sólo hay pábulo para el dolor de cada uno, para una vergüenza que habría hecho vestir de luto a la mojigata del pueblo. Me subsumo en la enésima visión de Ramos y Piqué, de Blind centrando sin piedad por su izquierda, de Casillas en un declive doloroso para todos, hasta para los que lanzan globos-sonda porque saben que por alto nunca brilló y ahora brilla menos que nunca. De Alonso y Hernández, Xabi, Xavi, siempre superados. De Iniesta perdiendo balones (varios, sólo ante el mundo). Del baile táctico de Van Gaal a Del Bosque. De las niñas “bien” que celebraron el segundo gol de Holanda pensando que había sido nuestro, niñas de veinte años que no sabían que al descanso se cambia de lado. Fue mejor reír que llorar.

En noventa minutos regresamos allí donde solíamos estar. Tenemos ciento ochenta para intentarlo de nuevo, al menos para que cuando se bajen del avión la herida ya no pierda sangre. Viena, Johannesburgo, Kiev, ellos saben lo que es jugar allí y aunque sean casi cadáveres andantes juegan al Fútbol. Con mayúsculas. De ellos sigue dependiendo que Brasil sea presente o pasado. Es. Ha sido. Fue. Faltan dos partidos, Chile y Australia. Díganle al ciego que es todavía pronto para que toque la mazurca. No sería justo: aún no han muerto.