miércoles, 25 de abril de 2012

Derrota descarnada

Ha pasado cerca de una hora y todavía -no consigo frenar ese impulso- me sigo mordiendo las uñas. Busco el recodo en todos y cada uno de mis dedos por el que hacer más sangrante aún la derrota. Ver a Casillas dando ejemplo tras parar dos penaltis a la postre inútiles me alienta. Por mucho que le haya criticado durante todo este último año lo especialmente mal que ha estado con los pies, añadido a su nula destreza para con los balones aéreos, se ha comportado como el perfecto capitán. Dio la cara sobre el campo y en caliente se paró solícito a comentar el partido con los medios. Quien haya jugado al fútbol, da igual el nivel, sabe que hay derrotas y días en los que no estás para nada. Gracias, Iker por dignificar la imagen del club.
Nunca se debe subestimar a un equipo alemán. Nunca. Y no creo que el Real Madrid lo hiciera -ni siquiera Mourinho, el hombre del "no hace falta una remontada histórica", arrodillado como en el Camp Nou hace ya dos primaveras pero por la tensión suprema del momento incontrolable para su cuerpo técnico y él mismo; tomó las de Villadiego hacia los vestuarios con la estocada de Schweinsteiger y luego felicitó sin cámaras al Bayern München en su vestuario. "En la oscuridad del túnel", quizá receloso de llegar a mejorar su imagen pública. Emotividad y petición de "aggiornamento" para el club en rueda de prensa, mención a la suerte y disposición para quedarse un año más. Cero autocrítica.
El plan iba sobre ruedas: Marcelo desdoblado por la banda izquierda y Di María provocando un penalti para la transformación perfecta de Ronaldo. Todavía no era el minuto 7 y Xabi Alonso ya había encontrado al argentino con sus cambios de rumbo varias veces. Con el dos a cero en el electrónico, no se volvieron a ver hasta después del gol de Robben, provocado por el único desliz infantil de Pepe, un agarrón en el área a Mario Gómez. Incisivo, desatado, el punta alemán fijó al brasileño y Ramos para ganar infinidad de balones y segundas jugadas hasta que los dos centrales blancos decidieron escalonarse en la marca. La salida del balón era otra cosa, patada a seguir por la presión mental de no saber cómo actuar o provocada por los jugadores del Bayern. Benzema dormía la pelota -cuando ésta iba en su dirección- y trataba de montar un ataque de tres o cuatro delanteros -según apareciera Khedira- con una defensa de hasta siete unidades. Castillos en el aire cuando la tocaba el peor Di María de la temporada, esperanza en las botas de Özil, decepción por no ver a Marcelo junto a Ronaldo amenazando a Lahm.
Y finalmente comprensión al entender que el Madrid lleva muerto físicamente desde el partido frente al Málaga. En este último mes y medio, los últimos 90 minutos de Xabi Alonso han venido acompañados de más posesión de la pelota que los anteriores partidos, el único capaz de alumbrar algo de criterio en la fase de construcción del ataque junto a los arriesgados zigzags de Marcelo. Khedira, colosal, hacía lo imposible por frenar a un Toni Kroos brillante también en el Bernabéu, siempre con el pase correcto en la cabeza y compañeros con que proseguir la jugada. El Bayern apuró el tiempo reglamentario como el carcelero espera que una revuelta se sofoque por cansancio y tedio. Kaká fracasó en su salida, Higuaín corrió para nada y solo Granero aportó atrevimiento por la banda -nominación al Goya de mejor especiales incluido-. Heynckes
El ser humano es tan macabro que mi hermano y yo pensamos en aquel penalti de Moscú antes de que Ronaldo se estrellara ante Neuer para, segundos después, reír al recordar que aquella final la ganó el United. La risa nerviosa del que ve todo oscuro, lejos del gesto franco de la jugada del gol de Torres, creyendo el verdadero final un espejismo -normalmente nunca canto los goles de mi equipo, mucho menos los de los demás-. "Un portero argentino se habría tirado al mismo lado que el primer penal"; mi padre reprochaba a Casillas su elección en el segundo tanto. Neuer acertó de lleno con Kaká y se marcha del Bernabéu con la cara de la moneda tras llegar a soñar la pasada temporada en Old Trafford. Con Ramos hablé en voz alta: "tienes calidad para hacerlo". John Terry mandó la bola al cielo de Moscú pero jugaba en el Chelsea. No entraba en mis cálculos que el fallo de Ronaldo y el vuelo a la estratosfera fueran del mismo equipo. Pero igual que siguen jodiendo los fallos de Joaquín y Raúl con España, entiendo lo difícil que debe ser mantenerse sereno solo frente a un balón cuando el aficionado corriente tiembla de respeto o miedo o siemplemente no puede ni mirar.
Sin casi hacer ruido, sin estridencias, con el empuje y el amor propio alemán, el Bayern vuelve a una nueva final de la Champions. Falta por ver si la presión que tan bien han soportado en Madrid les pesa a un único partido en su propio estadio. Enhorabuena al equipo alemán y enhorabuena a la afición del Bernabéu. De diez, ese número que tantos años lleva ansiando el madridismo en Europa. Y que tantas uñas y corazones ha destrozado en una década.

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