lunes, 9 de abril de 2012

Boonen, el intocable

Quizás si ayer hubiera sido niño habría soñado dormido con ser Tom Boonen, el maillot celeste, las manos desnudas sin el roce de los guantes, los bíceps y tríceps saltando por los aires, relajados mientras el belga levitaba sobre el pavés más célebre del mundo. Me imaginaría haciendo jirones el pelotón con un acelerón inmaculado en Mons-en-Pévèle, puede que antes, como hizo ayer el belga lanzado por el fortísimo Niki Terpstra. Para los dos sonaría de fondo el piano de la pieza central de la película "Intocables". Tocar el piano es otro sueño imposible cuando llegas a la edad adulta y solo puedes mirar al frente para esquivar las heces de un país roto y muerto.
Algo de vanidad italiana tuvo Filippo Pozzato al confesar tras la carrera -nueva decepción para el talento transalpino- que no siguió a la dupla del Omega Pharma-Quick Step porque era una locura. "Ya les cogería". Pero no ayer, porque Boonen jugó a ser el mejor de todos los tiempos y la París-Roubaix se dejó cortejar. Dejó a Terpstra en Mons-en-Pévèle y se marchó solo, solo como antes habíamos visto a Cancellara en el último lustro. Con el esmoquin de rodador, el belga aguantó el pulso del Sky, al que Flecha dio la puntilla con un acelerón en busca de lo imposible. Stannard, Hayman y Boasson Hagen, uno por uno el hispanoargentino se quedó sin compañeros y fue ajusticiado como otras tantas veces en el sprint final del velódromo. Como Lars Boom, huidizo y veloz en el pavés, rendido antes de tiempo en la lucha por el podio.
Todo el mérito del mundo para el catalán, cuarto tras recuperarse milagrosamente de una operación en la mano. Un tipo duro que trabajó para ser un flandrien y siempre está ahí, pero sin el talento de Cancellara, Boonen o Pozzato. Kilómetros más tarde, 'Pippo' sentiría en su piel el tacto cortante y áspero de las piedras por una caída fruto de las prisas cuando no había ya más que jugar a ser segundo y tercero. Un golpe con la tierra y la caída de la nube en que habitaba desde hacía una semana tras el podio en De Ronde; resultado: el abandono. El adoquín simbólico tenía dueño desde el kilómetro 200 de carrera, lo colocará en su casa junto a los muebles que por fin consiguió el sábado. Tendrá cuatro pedruscos idénticos con su nombre y otros cien trofeos más para adornar la vivienda de un campeón.
Las duchas de Roubaix tienen un misticismo pagano que consigue igualar a todos los corredores, humaniza al vencedor y engrandece a los demás. Al grandioso, intocable Boonen, con Alessandro Ballan -se acaban las clásicas para el italiano y llega la espera implacable de la justicia- o el mohíno Johan Vansummeren, hundido en la frustración de no saber por qué las piernas no respondieron en el día clave. Un domingo más de abril, el talludo belga llora de nuevo. El agua de esas duchas tan impersonales también se acordó de 27 supervivientes que no aparecerán en las clasificaciones, engullidos por el límite de tiempo, tan bochornosamente flexible en el Tour como hierático en la clásica más dura del mundo. Demasiado injusta con Frédéric Guesdon el día de su retirada. Pero así es ella, no entiende de sentimientos sino para con un hombre solo. Y este año y por cuarta vez la París-Roubaix ha elegido a Tom Boonen.

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