jueves, 15 de marzo de 2012

Y el Bernabéu habló en ruso

Las líneas que siguen son ficticias, aunque pueden tener mínimos paralelismos con la realidad:

Seguramente ayer, Eladio Paramés aterrizó en el aeropuerto Domodedovo de Moscú, hizo cola en la aduana, fue atendido por un joven militar vestido con traje de clara evocación soviética y ganó la calle para adentrarse en el centro de la ciudad. El taxi al restaurante donde degustó cucharadas enteras de caviar y otras delicatessen rusas lo pagó de su bolsillo. Y de ahí, al campo.

Luzhniki no tenía esta vez el anillo de atletismo ni los asientos multicolor. Tampoco -qué raro- hierba artifical. Sospechoso. Y cuando vio que el 95 por ciento de los aficionados, todos ellos vestidos de blanco, estaban mudos y solo un colectivo ruidoso de azulgranas -la pesadilla culé está por todas partes- se hacían escuchar, se desconcertó. Por eso, al acabar el partido, que el Madrid ganó fuera de casa 1-4, Paramés elogió en Twitter la actitud de la afición del CSKA, irreductible aún en la derrota.

Ayer no se jugaba en Moscú ni el portavoz de José Mourinho fue a Luzhniki, pero el reproche a la afición del Real Madrid quedó patente en un mensaje del “pitbull” del entrenador blanco: “Ayer fui a ver al Real Madrid ganar 4-1 al estadio del CSKA... Perdón, como solo escuche rusos en 90 minutos me equivoqué”. Las únicas voces que se oyeron fueron las de ese “grupito de detrás de la portería”, como declararía el entrenador blanco al finalizar el partido. El mismo grupo que ha conseguido que la afición de un equipo que se jactaba de no pensar en los demás cuando gana siempre tenga palabras de “cariño” hacia el Barcelona. Entre otros muchos méritos.

Al público del Bernabéu solo le atraen los extremos. Las remontadas imposibles sacaron lo mejor de 90.000 gargantas en los ochenta, como sucedió hace más de un lustro con aquella eliminatoria de Copa del Rey contra el Zaragoza; emociones fuertes y la crítica en forma de silbidos a quienes no están a la altura del mejor club del siglo pasado. El Nessun Dorma de Pavarotti y la prodigiosa voz de Plácido Domingo carecen de la testosterona de “las mocitas madrileñas” o las carreras imposibles de Raúl e Higuaín en busca de la pelota. Desde que se hizo obligatorio que a cada entrada le correspondiera un asiento, las mareas de gente corriendo en los fondos han desaparecido, y con ellas el ardor guerrero de un estadio en el que tan solo ese “grupito” alza su voz para recordar a Juanito cada minuto siete.

Hoy, se hablará más de lo escrito por Paramés en Twitter que del mediocre partido del Real Madrid. Mientras los dardos de los periodistas no se los lleven los jugadores, Mourinho se dará por satisfecho. De eso se trata, de blindar a su plantilla en los malos momentos, de ladrar siempre que se pueda, por lo que sea, como sea. Ya se encargarán otros de defender o cuestionar el señorío del club.

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