sábado, 26 de noviembre de 2011

Mi dedo corazón izquierdo...

Cuando chicos, aprendemos gestos que nos acompañan por el resto de nuestra vida. No van en el A.D.N., pero dicen tanto de nosotros como nuestro grupo sanguíneo pese a ser adquiridos. Pronto entendemos que señalar a los demás les responsabiliza de nuestras acciones y errores, o que simular que copias algo en tu cuaderno te evade de las difíciles preguntas que un profesor, en su función, realiza a sus alumnos. También que elevar el dedo corazón de una mano mientras los otros cuatro dedos convergen en la palma es un gesto directo de desprecio, odio, una afrenta a todo y todos.

De sobra es conocida mi repulsión a la sociedad española y a todos los valores que encarna, algo de lo que hace poco escribí en mi blog. Como también lo es mi teoría indemostrable de que "somos como conducimos". En las últimas semanas, por pericia o por azar he salido airoso de varios incidentes causados por otros conductores que podían haber provocado un choque inminente. Uno, bajo la lluvia en la autopista, el otro anoche a metros de mi casa. En ambos casos, el dedo corazón de mi mano izquierda dictó mi conducta en los segundos posteriores.

Un BMW serie 3, del que no pude reconocer matrícula ni si era "él o ella", a la una de la mañana, con cinco grados y la posibilidad de que hubiera hielo sobre el asfalto, decidió adelantarme cuesta abajo y con línea continua. Estoy tan acostumbrado a ver ese tipo de comportamientos en las carreteras que si tuviera que decir abiertamente a cuánta gente he deseado la muerte al volante quizá España ahora mismo rondaría la población de 1348, año en que la peste negra golpeó la piel de toro.

Estoy harto de ver a motoristas jugarse la vida entre coches, a gente cruzando tres carriles para tomar un desvío  a toda velocidad, al que te besa el parachoques trasero porque tiene prisa y tú cumples el límite de velocidad, a la Guardia Civil circular a su antojo sin la sirena por el simple gozo que da tener tricornio, placa, pistola e ir de verde, me asquea ser el único que se recorre Sinesio Delgado de arriba abajo a 55, una tortuga supuestamente limitada a 50 por hora. Y sobre todo, estoy hasta las mismas pelotas de que el 99 por ciento de los que cometen esas infracciones -nunca castigadas, por supuesto-, lleven Mercedes, Lexus, Audis o BMWs. La educación se puede comprar, la integridad y los valores no se venden en ningún hipermercado.

Muchos habréis leído el artículo de Pérez Reverte sobre una experiencia al volante con un conductor "suicida". Polémico y más soez que de costumbre, olvida o no quiere mencionar un asunto importante. Supongamos un caso sencillo, el de un conductor que sobrepasa el límite de velocidad, adelanta por derecha e izquierda a los demás -sin un intermitente, obvio-, y kilómetros después se estrella. ¿Por qué cojones tengo que auxiliar a un desgraciado así? ¿Por qué contrariar al dedo corazón de mi mano izquierda?

Artículo de Arturo Pérez Reverte

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿Futuro?


Dijo Marx que “la existencia determina la conciencia”. Yo soy así porque, a diferencia de quienes nacieron en Rusia, Alemania, Francia o Burundi, nací en un ente abstracto llamado España. Al cabo de los años, el arraigo ha logrado que me sienta, parafraseando a Borges, “hondamente español”, pero tal hondura no evita que haya aprendido que este país y sus gentes tienen por costumbre autodestruirse cíclicamente. Y los efectos de la onda expansiva me han dado -nos han dado a muchos- de lleno.

La España que me ha tocado vivir es una tierra en la que los problemas se retroalimentan y quedan enquistados porque la clase política, ya rosas, ya albatros, gobierna sin pensar en el Estado, tan solo en sus votos; y porque la sociedad se ha acomodado tácitamente en el gregarismo, consistente en lavado de cerebro y voto cada cuatro años. No sé qué pensaría Ortega y Gasset si viera que un siglo después, la democracia sigue siendo tan disfuncional como lo era en tiempos de Cánovas del Castillo y Sagasta.

Viendo el debate entre Rubalcaba y Rajoy recordé a Adolf Hitler literalmente ladrando en uno de los documentales de la serie propagandística “Why we fight”, que Estados Unidos realizó para convencer al pueblo de la necesidad de entrar en la II Guerra Mundial. La guerra del “y tú más” y un periodista florero oportunamente silenciado. Ni una palabra sobre la corrupción. Me equivoqué de profesión, debí haber sido político y no periodista.

Cualquiera puede triunfar en este país. Tú mismo, querido lector. Es muy fácil. Sólo hay que ganarse a los jóvenes, los que pagan por todas las deficiencias del sistema que azotan a España. Los adultos de hoy, con sus muchos defectos, oyeron a Bob Dylan, The Beatles, The Rolling Stones, Queen o Bruce Springsteen, vieron a la sociedad americana forzar la retirada de Vietnam, la caída del muro de Berlín, el hombre frente a los tanques en Tian'anmen. En España, floreció la “movida” al amparo de una libertad sin precedentes que pronto fue cercenada. Hoy, deambulan los Macacos y los Melendis, las niñas guapas monocordes y para el 99 por ciento de la juventud, no hay más Antonio López que el lateral del “Atleti”. Los referentes culturales siguen la decadencia del tiempo.

A todos golpea por igual la televisión con sus idioteces. La búsqueda de lo inmediato y lo fútil ha vencido y la calidad y el buen hacer han desaparecido hasta de los telediarios. Los jóvenes no leen libros, se emborrachan y oyen la música prefabricada de David Guetta. Para muchos padres, son un estorbo y les dejan hacer. La televisión es la única puerta que se abre al mundo y a la cultura, junto con la pésima educación. Pero Documentos TV o En Portada son relegados en este país a la cadena secundaria. Informe Semanal no es suficiente.

Los modales se han perdido, incluso en los adultos, muchos de los cuales se vanaglorian de haber recibido la famosa “Educación Cívica” franquista. Sus hijos heredan y amplían ese defecto que, en resumidas cuentas, es la falta de respeto total por los demás. Yo, el primero en aparcar en doble fila; yo, el primero en parar para dejar a mi hijo en medio de la calle; yo, el que sale el último y quiere llegar a 180 por hora a costa del resto. En la carretera se ve cómo somos, todos aprendemos a utilizar los luces de giro al sacarnos el carnet, ¿cuántos las emplean a diario? Por supuesto, cuando el Guardia Civil nos pregunta, “era la primera vez que hablaba por el móvil mientras conducía, se lo juro agente”. País de hipócritas.

Los ingleses veneran su lengua. Aquí queremos ser bilingües -incluso trilingües- descuidando el español. Se habla mal en general, basta oír a los políticos, y se escribe peor. Pretendemos hacer el futuro más global olvidando el legado de cientos de escritores que han perfeccionado una lengua tan rica en giros y matices como la castellana. ¿No se debería solucionar la cuestión endémica de la ortografía y la dicción para luego lanzarse al inglés o al chino? Los libros de texto manipulan la historia, el profesor pierde respeto, el nivel de los contenidos decae porque el déficit de atención de los nuevos estudiantes, plenos ciudadanos de la era multimedia, de lo táctil, va en aumento. Algún día los libros de Historia dedicarán un tema entero a Isabel Pantoja, Belén Esteban y Jesulín de Ubrique. Y entrará en selectividad.

No me preocuparía en absoluto de los jóvenes si no fuera porque de ellos dependerá algún día mi supervivencia. Pienso en dejar España, pero el futuro para un periodista, para gente que vive de y por jugar con el lenguaje, es complejo. Nuestra generación ha tenido la suerte de haber crecido en un mundo que se abría a los viajes. Muchos hemos visto realidades distintas, mejores y peores. Por desgracia, para mí ese tiempo se acabó. Toca malvivir de los 300 euros que cobraré durante la próxima década para poder independizarme a los 45 y pagar años y años de alquiler o hipoteca. Así hasta que me pegue un tiro.

Regreso a la universidad, veo demasiados jóvenes y aulas masificadas y recuerdo clases que fueron en vano. El sueño del título superior sigue siendo un signo de prestigio, la realidad es que nunca el mercado será capaz de satisfacer la demanda que cada año generan los miles de graduados y licenciados. Lo cierto es que jamás ha habido una generación cuantitativamente tan preparada. 48% de paro juvenil, un apetito cultural por los suelos, con el mismo espíritu gregario de las anteriores y perdida para siempre por la crisis económica. El sueño de alcanzar, soñar siquiera, la vida de nuestros padres se torna imposible. España se retroalimenta, el sistema funciona.