martes, 5 de octubre de 2010

Bodas de plata de Alonso para superar a Fangio




Después del catastrófico Gran Premio de Bélgica, quien escribe estas líneas estuvo cerca, muy cerca, de analizar qué le pasaba a Alonso. Carrera tras carrera, el piloto asturiano ofrecía una versión errática que contradecía la del piloto práctico y efectivo que lo encumbró a lo más alto de la disciplina más popular del automovilismo. Así las cosas, la victoria inicial en Bahréin parecía un oasis de fino pilotaje -con algo de fortuna, no lo olvidemos- frente a la sucesión de fallos, propios o ajenos, del bicampeón mundial en la primera parte de la temporada. Hasta el punto de que tras su fatídico trompo a la salida de Malmedy los foros de la prensa deportiva italiana bullían de aficionados que ya empezaban a cuestionar la capacidad del español.

Parece que cuanto más crece la desesperación colectiva y la presión se agiganta es cuando Alonso saca lo mejor de sí. Tras sus dos victorias consecutivas en Monza y Singapur, cualquier crítica parece ser ya "papel mojado" y el binomio Alonso - Ferrari está en la senda correcta hacia un nuevo título de pilotos para la Scuderia. No va a ser fácil, pues estamos ante uno de los mundiales más abiertos de la historia, con un Red Bull que en materia aerodinámica marca la perfección esta temporada, y con los McLaren, que siempre están ahí. De las guerras internas entre sus pilotos ha de sacar Ferrari el mayor rédito posible. Evolucionar y mejorar el sistema de salida del F10 deben ser el punto de partida hacia la remontada.


A todo esto, Alonso suma y sigue y ya contabiliza veinticinco victorias en el "gran circo". Tras más de ciento cincuenta carreras, el piloto ovetense alcanza las "bodas de plata", un coto selectísimo al que sólo ocho pilotos han accedido en el más de medio siglo de historia de la Fórmula 1. A las puertas de esa barrera se quedó una de las mayores leyendas que haya dado este deporte. Juan Manuel Fangio, el "chueco". Un piloto del que habla por sí solo el hecho de que sobreviviera a la época más cruenta y trágica de la historia automovilística, en unos años en los que Ascari, Hawthorn, Von Trips, Musso, Clark o su paisano Onofre Miramón perecieron en la pista o al volante de sus propios automóviles, entre muchos otros. Él mismo estuvo cerca de la muerte en 1952, cuando volcó espectacularmente la curva Lesmo del antiguo Monza. Pero Fangio vivió una vida plena, en la que esperó a que Senna pudiera superar su legado. Sin embargo, el argentino sobrevivió un año a la muerte del paulista.


Los logros de Fangio pueden cuantificarse: pentacampeón del mundo, ganando con cuatro escuderías distintas -Alfa Romeo, Mercedes - Benz, Ferrari y Maserati-, veinticuatro victorias en las cincuenta y dos carreras que disputó, veintinueve "poles" y veintitrés vueltas rápidas. Pero sobre todo, al de Barcalce se le ha de recordar por sus hazañas: por encima de todas, siempre la excepcional cabalgada sobre el Maserati 250 F en el Nordschleife, ante los Ferrari de Hawthorn y Collins. Los neumáticos del argentino -Pirelli- se desgastaban más rápido que los Englebert que montaba la dupla del imperio rojo. Necesitaba, por tanto, volar sobre la peligrosa pista alemana para volver a salir primero. El mundial estaba en juego. El "chueco" había hecho cuentas, le bastaba medio minuto de ventaja para entrar, cambiar las ruedas y salir en punta. Pero la parada se demoro. Fangio bebía agua mientras los dos Ferrari le pasaban por la pequeña recta del circuito alemán. Un mundo después salía a pista, con cincuenta y un segundos de retraso. Desde el muro, al dúo cabecero les avisan: "Fangio pierde tiempo, mantened el ritmo". Sólo Senna en aquella pole del Gran Premio de Mónaco 1988 alcanzaría el nivel de perfección que le llevó al "maestro" a remontar y conquistar su quinta corona universal, la de 1957.

Sin embargo, la catarsis del brasileño fue un esfuerzo de poco más de un minuto. Fangio levitó con su 250 F durante ocho vueltas para acabar venciendo por sólo tres segundos de margen. Era eterno. Collins y el ya mencionado Hawthorn murieron antes de que acabara la década. Ejemplo de lo duro que resultaba competir con unos monoplazas toscos, robustos, carentes de protección para el piloto, con fotógrafos a pie de pista y el olor del motor -delantero- asfixiando la cara apenas protegida durante carreras de quinientos kilómetros. Desde Fangio hasta el más humilde piloto que rodó alguna vez durante los cincuenta, todos son leyendas.


Fangio tiene su museo allá en su Balcarce natal. Una maravilla que consta de dos edificios con vehículos de todas las épocas, destacando, por supuesto, sus monoplazas y los vehículos con los que se fue abriendo camino, primero en el Turismo Carretera y luego en la Fórmula 1. Unido a la mítica TC argentina, a pocos kilómetros se halla el autódromo de la ciudad que, como no podía ser de otra manera, lleva su nombre. Una pista carismática, en medio de un cerro, a la que se puede acceder por poco más de tres pesos. Una minucia comparada con las sensaciones que evoca rodar por su desgastado asfalto grisáceo. Volviendo a Alonso, el astur cuenta también con su propio museo, humilde de momento, y con una pista de karts para aquellos chavales de su región se inicien en tan divertido hobby. Los paralelismos se establecen entre los grandes campeones, quienes tienen el talento y la porción de suerte necesaria para demostrar su valía y poder pasar a la Historia con mayúsculas.

Dentro de medio siglo Fernando Alonso quizá sea recordado como una leyenda -esperemos que aún viva- del deporte español. Un elegido que llevó a nuestro deporte a cotas insospechadas hasta su época, como Seve Ballesteros, Bahamontes, el poco recordado Ángel Nieto, "Paco" Fernández Ochoa, y tantos y tantos otros. Ojalá que esa leyenda quede aún más engrandecida en los años venideros. Pero por más que los pilotos de hoy sumen nuevas cifras y récords, nadie alcanzará la talla de Juan Manuel Fangio, admirado por todos, el hombre que hizo de la conducción una ciencia exacta, la de su propia perfección. "La" perfección.

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