martes, 14 de septiembre de 2010

Lluvia dorada




El mundo a los pies de un chaval de Manacor. Rafael Nadal, 24 años, es un chico discreto de sonrisa tímida y piernas de hierro. Diestro para todo, su tío, mentor y entrenador "Toni" le aconsejó antes de entrar en la adolescencia utilizar la raqueta con la izquierda. Con los años, desarrolló un brazo que golpea con violencia la pelota. Su físico coordinado, armonioso, privilegiado, y los interminables entrenamientos en su Mallorca natal han dado su fruto. Ayer culminó un sueño, "algo más que un sueño".

Novak Djokovic había invocado la lluvia para el domingo, y sus súplicas fueron satisfechas. El cielo podía esperar. Tendría que ser un lunes por tercer año consecutivo el que dictara sentencia. Con más de 23.000 personas expectantes pero con muchos asientos vacíos, Nadal ya no podía esperar. Dubitativo con su saque en los dos primeros sets, consiguió sacar de quicio al serbio. Djokovic alardeó de juego de piernas al golpear la raqueta contra sus zapatillas. Cuando el español quebró su saque por primera vez en todo el partido -lo hizo en 6 de 26 oportunidades-, al ya número dos del mundo se le acabó la paciencia y estrelló su herramienta de trabajo contra el piso azul de la central. Fue un bálsamo para el serbio, que mejoró desde entonces su juego.


Adjudicado el primer set, Nadal se veía a contracorriente en el segundo. Y cuando hubo salvado su peor momento durante la final, llegó la lluvia. Las posibilidades de que el agua apareciera eran escasas -veinte por ciento-, pero resultaron certeras. Lluvia dorada. Dos horas más tarde el manacorí perdía su primer set en todo el torneo. A partir de entonces vendría su mejor tenis. Un ligerísimo cambio en el "grip" (agarre) de su raqueta le ha permitido encontrar mayor velocidad con su saque. Su servicio abierto, liftado, al cuadro de la ventaja es cada vez mejor. Nadal se reinventa para bien. Domina el cambio de alturas como nadie, su revés cortado evoluciona a pasos agigantados y es ya un recurso más en el amplio repertorio del manacorí. Su derecha sigue siendo el látigo impasible con la que dicta el sino de los puntos a su antojo, su revés es el complemento idóneo con el que ralentizar o acelerar los intercambios. La volea es un golpe cada vez más natural, pero con mucho margen de mejora.

En las semifinales, Djokovic había derrotado a Federer en tres horas y cuarenta y cuatro minutos. Un minuto menos duró la final. Tras cuatro sets, una derecha del serbio al pasillo de dobles era la señal. Nadal caía sobre el DecoTurf. Cerraba el círculo áureo en el que sólo Agassi le iguala (ambos completaron los cuatro "grand Slams" además de ganar un oro olímpico individual). Ha igualado a Andy Roddick como el tenista que menos saques ha cedido en la historia moderna del US Open -sólo cinco-. Después de nueve majors -ya es el séptimo de todos los tiempos-, ¿puede alguien defender que es sólo un "pasabolas"?



Una característica del juego de Nadal es la de dar a sus rivales una bola más. Un golpeo extra con el que equivocarse. Hace muchos puntos ganadores, sí, pero es por encima de todo el mejor estratega, la mejor cabeza del circuito. Siempre con un guión al que aferrarse, con la mente puesta en el siguiente punto. Psicológicamente es un "muro" con el que mina a sus rivales como quien desgasta el revés de Federer. El balear es una persona de un amor propio terrible, con una voluntad de hierro enorme para salir de los malos baches. Ya lo demostró el año pasado. Sólo él sabe cuánto sufrió en el Masters de Londres, incapaz de contrarrestar el tenis de sus rivales por el agotamiento físico de sus rodillas. Siempre presto para seguir ganando, pero sobre todo para aprender y para divertirse, sobre una pista de tenis, en un karaoke o haciendo gala de su peculiar inglés en las ruedas de prensa.

A su edad, Roger Federer "sólo" había ganado seis "grand slams". Mats Wilander defiende hoy en el "New York Times" que no podremos hablar de la superioridad universal del suizo hasta que su antítesis española se haya retirado. Si gana en Australia, Nadal estaría en posesión de los cuatro grandes de forma vigente. El legendario Rod Laver fue el último en ostentar tal proeza. Emperador de la tierra batida, aún está lejos de los 46 títulos de Guillermo Vilas sobre el "polvo de ladrillo". Y en el horizonte está la posibilidad de conquistar Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open en un mismo curso: el "Grand Slam" con mayúsculas. Mientras el mundo especula, Rafael Nadal seguirá siendo el mismo chico que iba para futbolista y al que le relaja pescar. Sigue aprendiendo, "Rafa". Y sobre todo, sigue divirtiéndote.
Fotos: usopen.org

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