miércoles, 18 de agosto de 2010

Óscar "Ringo" Bonavena: a un suspiro de tumbar a Alí (1ª Parte)




Somos muchos los que hemos entrado en el hall del Madison Square Garden y hemos quedado prendados de la historia que alberga. En el corazón de occidente, el pabellón de tan característico diseño es uno de los templos modernos de la humanidad. Allí ,quien suscribe estas líneas se hizo una foto junto al enorme cartelón que dejaba constancia del duelo sin cuartel entre Muhammad Alí y Joe Frazier. "El combate del siglo", rezaba la pancarta. Fue precisamente allí, en el Madison, donde un argentino con apodo de Beatle y pegada de hierro estuvo muy cerca de tocar el cielo ante el más grande entre los grandes. Porque no sólo de Carlos Monzón vive el boxeo en el país de las grandes veladas en el Luna Park.

A Óscar Natalio "Ringo" Bonavena ya de joven le decían que iba para boxeador. Con once años ya pesaba sesenta kilos. Una barbaridad. Y así fue. Se inició en las instalaciones del San Lorenzo de Almagro. Le echaron y se marchó al eterno rival, el Huracán. Pronto coqueteó con las mieles del éxito. Fue campeón amateur en 1959 y ganó dos torneos suramericanos. También se inició su idilio con la polémica. En pleno combate con Lee Carr en Sâo Paulo, al del "barrio de la quema" no se le ocurrió otra cosa que morderle el pecho a su adversario. Impotente ante el respaso que le estaba propinando uno de los sparrings de Muhammad Alí, Bonavena fue descalificado. No sólo eso, recibió una dura sanción de dos años de la Federación Argentina (FAB). Las puertas de su tierra se habían cerrado, era momento de probar lejos, en el país de las oportunidades: Estados Unidos.

Se estrenó en tierras norteamericanas el 3 de enero de 1964, en el Madison Square. Irrumpió con mucha fuerza, con la rabia de quien ha de pelear lejos a miles de kilómetros de su hogar. KO en el primer minuto del primer asalto ante Lou Hicks. 1 minuto y veintitrés segundos exactamente. Repitió victoria en sus siete combates siguientes por tierras americanas, cuatro de ellos con el templo neoyorquino como telón de fondo. Al poco de cumplirse un año por la costa este, Bonavena besó la lona ante Zora Folley en el octavo asalto. El bonaerense se levantó cuanto el árbitro ya iba por el octavo segundo de la fatídica cuenta, pero fue en vano. Perdió por decisión unánime de los jueces al término del décimo asalto. Con la derrota aún caliente, el púgil decidió regresar a Argentina.


Tras el final de su sanción, "Ringo" volvió al cuadrilátero en su país. Victoria tras victoria ante rivales de no mucha entidad, de entre los que destacaba Rodolfo Díaz, con la mira puesta en arrebatar a Gregorio Peralta el título de los pesos pesados nacional. Un "Goyo" Peralta que le había aguantado a todo un George Foreman diez asaltos para luego perder por decisión de los jueces y que era, en aquel entonces, aspirante al título mundial de la categoría. No fue fácil para Bonavena conseguir aquel combate. Tuvo casi que rogarlo. Pero lo logró. El 4 de septiembre de 1965 el Luna Park porteño albergó tan esperado duelo. Peralta fue aplaudido hasta rabiar. "Ringo" Bonavena recibió una pitada ensordecedora. Su facilidad para generar titulares polémicos le había generado muchas enemistades. Pero a él le era indiferente. Motivado como nunca, tumbó a Peralta en el quinto asalto, pero el campeón no cedió su corona hasta el final. Ganador a los puntos, Bonavena ya tenía su ansiado título.

Por aquel entonces, Bonavena ya disfrutaba de su Mercedes blanco, con el que volaba en el asfalto a imagen y semejanza de lo que él ejecutaba sobre el cuadrilátero. Tenía un boxer llamado Ringo -"tiene cara de boxeador como yo", confesaría en una entrevista-. Empezaba a hacerse famoso por su carácter fanfarrón y provocador (en su primer encuentro con Muhammad Alí, en un gimnasio, le espetó un "I kill you" ("Te mato") al más grande de todos los tiempos. No obstante, si a las peleas acudía lo más enrabietado posible, una vez éstas concluían alentaba al púgil derrotado. Siempre en el recuerdo su infancia y la gente de su barrio de Boedo, a la que cuidaba y de la que se sentía orgulloso. Con los que no tenía reparos en mostrar sus cinturones de campeón nacional de los pesos pesados. Pero, por encima de todo, mantenía un apego terrible a su madre, a quien le compró una casa Ya estaba en la cresta de la ola "Ringo" Bonavena, pero aún quedaba su mayor hazaña, por la que será recordado siempre.

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