lunes, 30 de agosto de 2010

Obituario: Laurent Fignon



El cabello rubio, adornado con una coleta o bien melena al viento, con el que Laurent Fignon se dio a conocer en su eclosión ciclista fue poco a poco dejando paso a un enorme surco sobre su frente. Con los años, su cabeza fue despejándose y sus modales se atemperaron. El joven insolente, de declaraciones altisonantes, mirada altiva y maneras de "enfant terrible" derivó en un ciclista experimentado, amante de su deporte y entusiasta por transmitir sus conocimientos. Es más, muchos aficionados destacan su cercanía y su amabilidad una vez retirado. En una época en la que Michel Platini afirmaba sin lugar a dudas que era "el mejor" futbolista del mundo, Laurent Fignon bien podría haber empleado toda su verborrea emulando a su compatriota.

Nacido el 12 de agosto de 1960 en el Distrito 18 de París, al norte de la capital francesa, Fignon era un corredor de los que hoy ya no quedan. Inquieto, impulsivo, con muchísimo talento y arrestos para atacar en cualquier terreno. Vencerle era toda una hazaña. Él es parte imprescindible de la década de los ochenta en el ciclismo. Su manera de correr, como la de muchos de sus coetáneos -Hinault, Delgado, Parra, LeMond, Kelly, Roche- engrandeció en su momento este deporte. La talla de sus rivales aumentó su categoría como ciclista. Sus magníficas condiciones y su manera de encarar cada puerto, cada cota, cada carrera, hicieron mejores a sus rivales, que fueron muchos y de muy diverso tipo.


Brilló en amateur -más de 50 victorias- y en 1982 dio el salto al profesionalismo de la mano de Cyrille Guimard. En aquel equipo "Renault" la estrella era Bernard Hinault, pero el joven de rubia cabellera iba marcando su propio camino. Ese año ya ganó el Criterium Internacional. Pero fue en 1983, doce meses históricos para el ciclismo, cuando se destapó con etapas en carreras de postín y, por encima de todo, con su primer Tour. Aquel Tour que en España será recordado por la aparición de dos figuras que por fin podrían suceder a Ocaña como vencedores en los Campos Elíseos: Ángel Arroyo, "el salvaje", y Pedro Delgado, "Perico". Aquel año Hinault se exhibió ante todo y ante todos en la Vuelta. Físicamente reventado, renunció al Tour. Vía libre para Laurent, que se exhibe en la etapa de Morzine, cuando el Reynolds español vive la cara y la cruz del ciclismo: colosal el abulense, mientras que al segoviano le abandonan las fuerzas y llega "apajarado". Un Tour que lo cuenta como nadie Jorge Nagore en su libro "No querían ganar el Tour".

Su segundo Tour llegaría al año siguiente. Hinault había emigrado hacia un nuevo equipo, "La Vie Claire". Esta vez el enemigo en el equipo "Renault" no sería francés, sino americano. Greg LeMond, campeón del mundo en ruta. Pero Fignon se mostró intratable, ganando cinco etapas más una contrarreloj por equipos. A París llegó con más de diez minutos de renta sobre "le blaireau". Para completar ese año, dos victorias en el Giro. En su tercera temporada en la élite ya había conquistado etapas en las tres grandes. Le sobraban quilates a sus piernas, pero una lesión en el tendón de aquiles le llevó al quirófano y no pudo defender su cetro en el Tour de 1985. Le había dado tiempo a aparecer por primera vez en los lugares de renombre de las clásicas de las ardenas. Fue un año de transición hacia su nuevo equipo, el "System U", con el que ganó la Flecha Valona. Abandonó en el Tour y renunció por enfermedad a las últimas carreras de aquel año.

Borrón y cuenta nueva, en 1987 Fignon volvió por sus fueros, con un séptimo en la general del Tour y una etapa -victoria en La Plagne-, corriendo de menos a más, siendo protagonista de uno de los mejores tours de la historia. Aunque, en honor a la verdad, llegó a un mundo de Stephen Roche y Delgado. Todo pundonor, nunca se rindió, tan orgulloso era que no podía ir a una carrera para no competir. Tenía que ser protagonista. Lamentablemente, esa forma de concebir el ciclismo está en vías de extinción (el último caso, Andy Schleck ayer en la Vuelta).


1988 fue un buen año para él, no en el Tour, donde su equipo le deja atrás en la crono por equipos para días después abandonar, sino en las clásicas. Ganador en la Milán - San Remo, tercero en Roubaix, demostró así su condición de "todoterreno", con un buen sprint cuando se llegaba en grupos pequeños, capaz de batir a gente como Fondriest o al legendario Séan Kelly. Pero fue en el abismo de los noventa cuando volvió al primerísimo plano de la "Grande Bouclé". Porque en 1989 Fignon volvió a su mejor nivel y cuajó un año espléndido: segunda "classicissima" para el parisino, esta vez venciendo en solitario. Victoria en el Giro de Italia, con poco margen sobre el segundo -Giupponi-. Y, por encima de todo, una actuación excelente en el Tour, aquel Tour del despiste de "Perico" en Luxemburgo que convirtió la carrera en un mano a mano entre el francés y LeMond. Fignon, pletórico de forma, se alterna en el amarillo con el americano y deja para la historia dos exhibiciones en Alpe D'Huez y Villard de Lans (y en menor medida en Superbagnères). Un gesto del peor Fignon, escupiendo a un cámara de TVE, hizo que la antipatía hacia el galo recorriera España. Muchos se alegraron cuando la apuesta tecnológica de LeMond en la crono de París, con el célebre manillar de triatleta, volteó la general . De vuelta al ciclismo tras aquel incidente cazando, LeMond ganaba por 8 segundos su tercer Tour. Un atónito Fignon no se lo podía creer.

Con menos pelo, ya en la treintena, Fignon cambió de aires y fichó por el "Castorama". No volvió a rendir como antaño, pero siempre dio la cara. En una época en la que a Alain Prost ya se le conocía como "le professeur", a Laurent se le aplicaba el mismo calificativo en el pelotón y entre los peridistas. En aquellos años le tocó ejercer de gregario de gente como Luc Leblanc, pero con tiempo para rememorar momentos de aquel ciclista con hechuras y alma de ganador. Se retiró en 1993, previo paso por el "Gatorade" de Gianni Bugno.

Ligado al mundo del ciclismo, estuvo ligado a la creación de varias escuelas para niños. Comentarista en la televisión francesa -donde ha mostrado su cara más humana-, organizador de carreras deportivas. Siempre ligado al mundo del ciclismo. Pero un cáncer de pancreas, uno de los más difíciles de tratar, ha acabado con él a los 50 años. Infructuosa la quimioterapia, la enfermedad se había extendido a los pulmones. Su pérdida es irreparable. Para la historia quedarán sus gafas, su rubia melena y su espíritu. La prensa de su país no puede sino lamentar su pérdida. Lo mismo que el pelotón actual, como Armstrong, Fran Contador (hermano y representante de Alberto), o Magnus Backstedt. Ellos son las voces de los miles de aficionados que en todo el mundo lamentan la muerte de este gran campeón.

Fotos: arueda.com, lequipe.fr

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