jueves, 17 de junio de 2010

Óscar Freire: no te vayas todavía...



Retomo el blog después de un largo parón obligado (los exámenes mandan), con mis perspectivas para el verano ya resueltas (llevo dos semanas trabajando de becario en Onda Madrid deportes) y con la actualidad deportiva candente: todos llevamos dentro el hastío de la derrota de ayer de España. Toca mirar al frente, con humildad, trabajando a destajo para pasar la fase de grupos. Esta madrugada es el séptimo -y decisivo- partido de la final de la NBA. Y en ciclismo, el Tour de Suiza vive hoy su "etapa reina". A ello hay que añadirle, además, la victoria, hoy también, de Fran Ventoso en la primera etapa en línea del Ster Elektrotoer, tras el prólogo de ayer. Precisamente de un ciclista que vive por y para los últimos metros de las etapas va dedicada mi "rentrée". Cántabro como Ventoso. Incompredido como todos los genios. Ignorado en España, como todo aquel que no vive de las tertulias del corazón ni del último anuncio de Armani.

Óscar Freire destila talento en cada pedalada. Es un virtuoso de la velocidad sobre ruedas. Sus piernas son dos motores que no precisan demasiada carga de trabajo en la sombra para alcanzar el pico de forma adecuado. Su cabeza llega a niveles de abstracción que dejan en el de Torrelavega posos de desorientación y de olvido. Multitud de anécdotas se cuentan sobre el menudo sprinter: pasaportes olvidados, viajes a Bilbao en autobús sin saber los porqués de los mismos, entrenamientos en Lisboa para luego perderse y no saberse ni el nombre del hotel, ...
Y quizá sea esa aparente alegría en el pensamiento lo que le haya permitido a "Oscarito" haberse sobrepuesto a las innumerables lesiones que le han acechado. Especialmente en la espalda, a la que las caídas -pocas pero dañinas para su carrera- y los quiroprácticos acabaron por desajustar de la perfecta armonía del cuerpo de Freire.

Hoy es Cavendish quien ha heredado la capacidad rematadora de Freire y de McEwen, de sobra conocidos en el pelotón por su velocidad terminal, superior en los metros finales, con la que tantas etapas han logrado. Pero el español es especial. Porque además de luchar por ser el más rápido, su somatotipo le permite superar cotas explosivas a la altura de los mejores clasicómanos. Es un hombre de confianza infinita: sólo a él se le ocurrió no renovar por el Vitalicio Seguros en el año 99. Era consciente de su talento. El mundial en ruta estaba por celebrarse, y lo haría en una ciudad que, con los años, se convertiría en su lugar fetiche: Verona. Allí, frente a la inerte belleza del Arena romano, un semi-desconocido "Freire Gómez" (para los italianos) conquistaba su primer maillot arcoiris con un ataque sorpresivo a poco menos de 500 metros de meta. España tenía un nuevo campeón; Freire obtenía un nuevo contrato. Todos contentos.


Desafortunadamente para los medios, Freire no ha ganado tours ni giros, ni ha vencido en el Alpe D'Huez ni en los Lagos. Es un tricampeón mundial que ha dejado profunda huella en Francia, Italia, Bélgica y Holanda. Humilde, querido allá por donde va, es un hombre de sueños y retos: quería un contrato mejor y lo consiguió. Buscó un segundo, un tercer mundial, y los obtuvo. Fue a por el maillot de puntos del Tour de Francia, y no falló. Quiso ser el elegido en San Remo, y tres veces sonó su nombre cerca del Mediterráneo. Ganó la Gante - Wevelgem y la Flecha Brabançona. Y no se conforma. Sueña con ser el único tetracampeón del mundo en ruta. Sólo él puede conseguirlo. En las muchas alegrías, también en las decepciones (como en Zolder, cuando el duelo de velocistas estaba servido), siempre con él. Incluso en las "rajadas". Así son los genios. Sería difícil elegir una victoria. Todas van acompañadas de una carga emotiva indescriptible incluso para quien realmente vence. Pero la del tricampeonato en Verona (ver vídeo arriba), previa exhibición en la subida al Torricelle, es magistral, la esencia misma de Óscar Freire. Inolvidable.

En una época en la que el ciclismo se debate entre el "dopaje mecánico", triquiñuela de nuevo cuño y cuya cobertura mediática roza la locura, y los escándalos de corrupción interna en el seno de la UCI, al ciclismo le llega la mala noticia de que uno de sus mayores talentos tiene merecida fecha de caducidad. Como toda su carrera, en España el adiós de este elegido para la bicicleta pasará sin pena ni gloria. Será a toro pasado, como siempre, cuando algunos lamenten su ausencia. Es un genio que nació en el país equivocado. Paciente, espera su oportunidad, siempre bien colocado en el pelotón, con la intuición de un felino para escudriñar cada curva, cada puente, cada estrechamiento. Tiene la veteranía de quien lleva más de diez años en la élite, y la compagina con la ilusión del niño que es su vivo reflejo, Marcos. Quién sabe si en Melbourne nos deleita con otra exhibición para la historia. Para "su" historia...

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