martes, 13 de abril de 2010

El maravilloso mundo del rugby




No puedo decir que, a lo largo de mi vida, haya contemplado demasiados ambientes deportivos. Mi experiencia personal se limita a unos cuantos partidos de fútbol, visitas asiduas a la Vuelta a España y un par de partidos de baloncesto. He visto vibrar año tras año a las mejores aficiones en estos deportes a través de la pequeña pantalla (vascos, italianos, franceses y flamencos en ciclismo, argentinos, ingleses y greco-balcánicos en fútbol, turcos y de nuevo los greco-balcánicos en baloncesto). Hasta que no tenga la oportunidad de estar allí, in situ, entre el juego de banderas al viento y bufandas, tendré que decir que el mayor espectáculo que he visto fue en un campo de Rugby... ¡Y no en uno cualquiera!

Este pasado fin de semana viajé al norte de España, más concretamente a Santander, donde me encontré con el primer seguidor oficial de este blog, Roberto Martín, una persona con la que me unen ya casi tres años de amistad. Después de inspeccionar la subida a Peña Cabarga, final de etapa este año en la Vuelta, partimos el sábado rumbo a San Sebastián. Él es ya una persona instruida en esto del rugby, con conocimiento de las reglas y el desarrollo del juego. "He visto más rugby que fútbol últimamente", me dijo. En mi caso, soy aficionado al rugby, aunque me cuesta seguir a veces el juego (es cuestión de inexperiencia). Nunca había visto un partido en directo. Hasta el sábado por la tarde. Entonces, un mundo nuevo apareció frente a mis ojos para no marcharse.

Aparcamos cerca de Anoeta, escenario del choque entre el Biarritz Olympique ("BO", como reza en su escudo, como lo cantan sus aficionados) y el Ospreys galés. Cuartos de final de la Heineken Cup, la "Copa de Europa" del rugby. Tras la visita de rigor a la capital guipuzcoana -normal que la llamen la bella Easo, pues es una ciudad increíble-, nos apresuramos a volver al campo de la Real para presenciar el discurrir pacífico y en armonía entre aficionados vasco-franceses y galeses. Siendo el Biarritz el equipo local, ya que tiene un acuerdo con la ciudad vasca para disponer de Anoeta en las rondas superiores de la Heineken Cup, la superioridad numérica de los galos era notable. No obstante, las poco más de mil personas que llegaron desde Gales se hicieron notar. Siempre cerca de los bares colindantes y de la carpa habilitada junto al estadio, cerveza en mano, algunos ataviados con faldas, gente muy accesible con la que mantuvimos una distendida charla en los prolegómenos del partido. El magnífico día de sol más el consumo de alcohol desde por la mañana provocaron síntomas de evidente rojez en muchos de ellos.

Lo que más me llamó la atención fue la presencia de familias enteras, algo que no había visto hasta entonces en ningún otro sitio (excepción de la Vuelta). Pero, a diferencia del ciclismo, el rugby se juega en un recinto en el que hay que pagar entrada. Miles de familias del sur de Francia cruzaron la frontera, hijos pequeños -y no tan pequeños- en mano, para asistir a la crucial eliminatoria de su equipo. No hubo lleno en Anoeta, pero el griterío era indescriptible. Incansables seguidores, padres e hijos. Perfecta sincronía con el equipo.

Un espectacular tifo, por una parte, y una enorme pancarta en el fondo opuesto a donde nos encontrábamos, por otra, fueron el pistoletazo de salida del partido. La afición del "BO" no paró en ningún momento de alentar a los suyos, que llevaron la iniciativa en los compases iniciales del juego. Un increíble ensayo de Zi (recorrió casi todo el campo para marcar), puso en pie a los aficionados del Olympique. Para el rugby que llevo visto, me pareció un partido rápido, eléctrico, en el que los galeses pusieron en apuros a los locales con sus pases precisos y vertiginosos. Sólo la zaga francesa salvó al Biarritz de la eliminación. Ligerísima ventaja del Biarritz en los instantes finales, intento de drop por parte de los Ospreys a falta de segundos para llegar al minuto 80. Patada fallida. 29 - 28, final del partido. Esperan, ahora, los todopoderosos Munster en semifinales. También en Anoeta.

Tiempo cumplido. Los galeses se van, han de coger un avión. Los del "BO" se quedan en Anoeta. Equipos a vestuarios, pero no, el Biarritz Olympique sale de nuevo al campo para dar una espectacular vuelta de honor. "Paquito chocolatero" suena repetidas veces mientras el público reverencia a sus quince gladiadores al son de tan conocido pasodoble. No es nuevo, para mí, descubrir la querencia que el sur de Francia tiene por lo español, más bien por todo lo relacionado con los toros. Aún así, no deja de sorprenderme. Roberto y yo esperamos pacientemente en la salida de jugadores para tener nuestro foto de rigor. No tuvimos demasiada suerte, pero al menos conseguimos retratarnos con Jerry Collins, un all-black. Había perdido, pero estaba por completo integrado con algunos paisanos suyos (me atrevería a decir por sus rasgos faciales), en la carpa adyacente a Anoeta. El espíritu del rugby, saber ganar, saber perder.

Este sábado fue, en definitiva, una experiencia inolvidable. Así, sin más. Luego llegó la noche, el óvalo pasó a ser esférico, y las sensaciones se tornaron trágicas. Pero de eso intentaré escribir mañana. Hoy es tiempo de rendir tributo al maravilloso mundo del rugby y su gente.

1 comentario:

  1. Me alegro que disfrutaras del espectaculo. La descripción de lo vivido es, como siempre, precisa y muy interesante. Sólo queda decir que a todos los aficionados del rugby, y a los que no lo sean, que si tienen ocasión acudan a ver un partido de rugby para disfrutar de un ambiente que en muy pocos deportes se puede ver

    ResponderEliminar