lunes, 5 de abril de 2010

Cancellara y todos los demás




Hay ocasiones en la historia en las que al periodismo se le exige estar a la altura de un acontecimiento recientemente vivido. Es imposible. Los hechos y las hazañas son a veces imposibles de pintar con las palabras, y sólo el ojo puede capturar, para siempre, el instante en el que el mundo cambió. Por otra parte, los periodistas estamos obligados a contar la realidad, aún naufragando en el intento. Con un día de retraso con respecto a las ediciones digitales, aquí va mi pequeño "fracaso":
Sin lugar a dudas, el titular más acertado que he leído a la hora de resumir la 94ª edición del Tour de Flandes lo dio, ayer, La Gazzetta dello Sport: "Cancellara, a lo Merckx. El [Tour de] Flandes es suizo". Porque, por mucho que ayer los comentaristas de Teledeporte le dieran más cancha a un Armstrong que no pintaba nada de cara a la victoria final, ayer "Espartaco" volvió a jugar con los límites de la resistencia humana. Sin duda, su juego preferido, en el que normalmente sale airoso. Tercer monumento ya para el suizo de raíces italianas, que se plantó en las tres ocasiones solo en la meta, como a él le gusta (como dijo Horrillo: "A lo Cancellara"). Tras la victoria, el de Berna expresó su convencimiento de poder ganar la Lieja - Bastogne - Lieja y el Giro de Lombardía. Es su nuevo juego, tratar de convertirse en el primer corredor no nacido en Bélgica que se hace con los cinco "monumentos". Para 2011 deja sus primeras tentativas para intentar batir el Récord de la hora.
Fallaron mis pronósticos ( y los de la agencia belga de meteorología) y la lluvia respetó a los corredores. "Chente" García Acosta se metió en la fuga consentida del día y tuvo un papel importante hasta que se descolgó ante la proximidad del pelotón. En el Oude-Kwaremont se formó un primer corte, con 26 corredores. Estaban todos los favoritos. Devolder fue el primero en dar síntomas de debilidad en el muro siguiente, el Paterberg, y apareció muy descolgado en el Koppenberg. Luego se uniría a la cabeza de carrera tras el Taaienberg. Con los comentaristas más pendientes de la presencia de Armstrong o no en el grupo de cabeza, los primeros muros fueron, para el Saxo Bank -si nos atenemos al resultado final- una partida de póker: no fue Cancellara, sino Breschel, quien seguía a Boonen tras los arreones del belga. Sendos pinchazos de los pupilos de Bjarne Riijs animaron la carrera a cincuenta kilómetros de meta. Incomprensiblemente, el del corredor danés tardó el tiempo justo para que Breschel ya no pudiera alcanzar a los favoritos. Como Boom o Hushovd, ambos descolgados, era un favorito menos para la victoria.

En el pavés del Molenberg, Cancellara empezó a asustar. Atacó y sólo Boonen le pudo seguir. A Flecha le faltaron fuerzas para llegar. No tuvo su día y acabó el trigésimo cuarto, a la espera de lo que suceda el próximo domingo en la "Roubaix". Ni Flecha, ni Hoste, ni Millar ni Leukemans ni Gilbert, nadie pudo acercarse a los dos colosos que mandaban en la prueba, que encandilaron a la afición flamenca con su talento. Boonen, porque perdió como sólo los grandes saben hacerlo: sin dejar de dar pedales. Fue vencido en su terreno, donde más le podía doler, en un muro, como un campeón sin corona. Cancellara, porque se exhibió donde nadie más que él podía esperarlo: en las eternas rampas del Kapelmuur, subiendo a bloque, sentado, como un tren-cremallera que se adapta a la orografía del terreno. Hizo retorcerse como nunca a Boonen, su actuación engrandeció a ambos corredores. La mala realización belga nos hizo perdernos el momento en que el "expreso de Berna" coronaba el penúltimo escollo hacia su incontestable victoria.
Bandera de Suiza en mano, fuimos todos acólitos de Cancellara durante la larga recta de meta. Las decenas de miles de flamencos que abarrotaron las cunetas rindieron pleitesía a Cancellara, Boonen y Gilbert (que venció a Leukemans en el sprint por el último cajón en el podio). Yo me arrodillo ante los noventa y cinco valientes que llegaron a Meerbeke. Muchos de ellos no podrán ni moverse, pero todos hablarán durante el resto de sus vidas de lo acontecido en el Kapelmuur, donde un suizo llevó al planeta ciclista a un estado de éxtasis colectivo inolvidable.

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